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Poesía Cubana contemporánea: un acercamiento

por Atilio Caballero

 

 

De la poesía cubana actual, sobre todo la escrita por aquellos que hoy bordean los treinta años -y un poco más- muy poco se sabe, sobre todo fuera de nuestros límites territoriales. Distintas razones hacen que esto sea así: precariedad de la situación editorial de la Nación; desconocimiento por lógica desinformación, algún que otro tabú y la creencia, más allá de nuestras costas, de que todo o casi todo lo que por estos lares se escribe en verso -y no- está obligatoriamente signado por lo épico, lo “social”, lo “revolucionnario” políticamente hablando. Traspasando nuestra insularidad, la poesía cubana queda reducida al conocimiento parcial de la obra de algunos de los poetas que entre los años 40 y 50 se agruparon en en torno a larevista Orígenes, -José Lezama Lima, Cintio Vitier, Elisco Diego-, la tropical universalidad del vate Nicolás Guillén o alguna que otra voz más cercana a los 60' (Gastón Baquero, Fayad Jamís, José Kozer, etc). Lo demás queda sujeto a la circunstancia benevolente de algún premio internacional de prestigio, o al “azar concurrente” y feliz que signifique la inclusión de un título y un nombre en alguna colección especializada. No obstante, existe en Cuba un movimiento poético impresionante; de un altísimo nivel estético y conceptual... al decir de algunos estudiosos que se han acercado al fenómeno con un afán de ínvestigación.

Lo que hoy se conoce como joven poesía cubanano es sino la consecuencia lógica y al mismo tiempo otro giro del péndulo con relación a la poesía escrita por aquellos que, agrupándose alrededor de una revista literaria de la cual toman el nombre (“generación del Caimán”, por El Caimán Barbudo) secaracterizaba por un coloquialismo preponderante, mucho más preocupado por el "decir" que por "la forma de decirlo" -y sin que lo dicho fuera, dicho sea de paso, un gran decir-, y con la consiguiente pobreza metafórica y estilista que el abuso de esta retórica implica; esa misma que acusaba todo lo demás de "un intimismo que parecía ignorar en absoluto la existencia de una auténtica revolución socialista en Cuba..." (“En torno a la joven poesía cubana”, Guillermo Rodríguez Rivera, Revista Unión nº2, 1978).  Empobrecido por sus propios límites -y por otros que se le imponían-, agotado en los excesos de su propio discurso, fue cediendo a la evidencia de gestación de lo que comenzó a llamarse "una nueva poesía", que poseía, como algunos rasgos característicos, su "audacia temática", su "carácter más abierto a cualquier aspecto de la realidad”; la "obsesión por el autoconocimiento..."-Víctor Rodríguez Núñez-; una marcada preferencia por lo implícito, lo no explicativo; una frecuente y más variada utilización de las formas tropológicas y un tono íntimo, extraño a todo énfasis declamatorio.

 Como puede imaginarse, a pesar de una cierta homologación, existían algunas voces "discordantes" en este grupo inicial, y que los años han venido a revalorizar con justeza. Me refiero a la obra de poetas como Raúl Hernández Novás, Delfin Prats y Lina de Feria, quienes aportaron, además de la singularidad de sus respectivos estilos, otras complejidades expresivas-enriquecedoras (aunque sin desdeñardel todo algunos procedimientos coloquiales).  En ellos desaparece el énfasis "en lo anecdótico" -A. Arango- en favor de una mirada más contemplativa, que prefiere la estampa, la detención del tiempo, y que cuando escoge la narratividad lo hace por medio de parábolas, de universos más ficcionales o fabulativos.  En cierta forma, parecen regresar a los caminos abiertos por la generación del 50', e incluso por algunos poetas anteriores.

La sombra de Orígenes se cierne sobre una amplia zona de la más reciente poesía cubana -parecen decirnos algunos críticos en análisis recientes-, aunque "...la poesía cubana de los ochenta y los noventa, ciertamente, constituye un caso de vitalidad, ánimo redinamizador y agresividad impugnadora difícilmente igualable por otros hitos que jalonan su tradición inmediata"(¡) -Osmar Sánchez,1994-. Como se sabe, la literatura, para su inmortalidad, apela a ese recurso de consagración que Henry Miller llamara la mentira griega: un murmullo fisico entre el presente histórico y la leyenda.  En Cuba, la generación poética que se da a conocer entre mediados de los ochenta y principio de los noventa está signada fundamentabnente por un compromiso entre "la riesgosa frugalidad del día \ y el resplandor salvaje de la trascendencia” (O. Sánchez).  Se continúa afirmando que el momento central e irradiante de su contenido lo constituye la ética: crecida en el afán de alcanzar el status áureo del humanismo socialista, sus contenidos espirituales intentan patentar una poesía apasionadamente antropocéntrica, complejizada por las contradicciones de una praxis insistentemente desmitificadora.  Colocar el problema del hombre cotidiano a un nivel filosófico -una dimensión-; profundizar acerca del debate del hombre sobre sí mismo, su esencia y su posibilidad a través del análisis y la reflexión como principios para su lectura, es sin duda una de sus preocupaciones fundamentales.

Poesía que puede llegar a caracterizarse -en sus mejores exponentes- por su capacidad de revelación; su lucidez y cierto atisbo de intelectualización en armonía con un cuidadoso y preciso uso del lenguaje, que alienta una esmerada vocación formal; una diversificación de recursos y voces, cierta ambición por definir mitopoiesis; compleja en signos y mundos visuales, interiores, y, sin embargo, transparente. A mi modo de ver, sorprendentemente coincidente en algunos aspectos con ese sector de la poesía epañola más contemporánea que, agrupados en la antología El signo del nueve realizada por Julio Ortega, reúne nombres corno Esperanza Ortega, Olvido García Valdés, Jose-Miguel Ullán, Jorge Riechmann, Idelfonso Rodríguez...

En este intento de potenciar, aunque en una mínima expresión, este resplandor que posee luz propia, me es imposible dejar de señalar los nombres de Reina María Rodríguez, Antonio José Ponte, Rolando Sánchez, Carlos Alfonso, Damaris Calderón, Ángel Escobar, Omar Pérez, Emilio García Montiel, Alessandra Molina, Ismael González Castañer, Sigfredo Ariel, Juan Carlos Flores o Pedro Marqués de Armas.  Entre éstos, fundamentalmente -pues la lista, estrecha, podría abarcar otros que la harían, entonces, demasiado larga- se mueve lo que, para mí, constituye la zona más valiosa de la joven poesía cubana; poetas todos ellos con uno o más libros publicados y una madurez que va conformando individualidades bien definidas, voces propias en un amplio y convulso panorama.  La historia, de todas formas, ha impuesto su vértigo de manera imprevista, -acaso también imprevisible- al decir del crítico Arturo Arango, y es de esperar que, así como el país está sometido a cambios -y bloqueos- que están transformando su rostro, convirtiéndolo en otro necesariamente, aunque por el momento inesperado y desconocido, así también la poesía de los años por venir acaso dé comienzo a un nuevo ciclo, distinto y sorprendente; poesía que continúa y continuará legándonos los signos sin los cualesel cubano de estos años y su realidad seríamosincomprensibles.

 

EMILIO GARCIA MONTIEL

 

Los golpes

 

Hace ya mucho tiempo -ahora es muy difícil precisarlo-

yo descubría el mundo bajo el mismo cristal usado y transparente

con que se ve la gloria.

Nada pretendía y nada sucedió que no estuviera definido

entre el bien o el mal.

Yo imitaba a los héroes con la vieja confianza que da la mansedumbre,

con su oscura prudencia.

No conocía aún la insensatez de las muchachas:

si alguna noche imaginé o entendí algo, fue apenas un rubor.

Yo tenía un pupitre, una voz agradable, una ciudad dispuesta.

Los maestros tocaban mis espaldas y decían: muy bien.

Todo era hermoso: desde el primer ministro hasta la muerte de mi padre.

Y perfecto, como debían ser los hombres y la Patria.

Pero eso fue hace tiempo -hace ya mucho tiempo- y ahora me es difícil precisarlo.

 

Cuarteto

 

De todas las palabras que he escuchado y que quizás he escrito

solo recuerdo aquellas de ninguna importancia.

Las palabras eternas se vuelven silenciosas para llegar a mí

y aún en silencio las olvido o pretendo olvidarlas.

Las palabras eternas existen en un nombre;

yo a veces lo pronuncio por temor, pero no pienso en ello.

De entre todas las cosas, sólo duermen en mí ciertas ciudades,

ciertas mujeres vencidas al azar.

 

Emilio García Montiel. La Habana, 1962. Graduado en Historia del Arte, Universidad de La Habana. Profesor de Arte y Cultura Oriental. Ha publicado los libros de poesía Squeeze play , Cartas desde Rusia y El encanto perdido de la conversación (Premio de la Crítica 1994) Obtuvo el Premio PLURAL de Poesía en 1992. Poemas suyos aparecen en varias antologías, tanto en Cuba como en el extranjero. Actualmente disfruta de una beca de estudios en la Universidad de Tokio, Japón.

 

 

ANTONIO JOSE PONTE

 

Y ninguno y ninguna se encontraron

 

Pidió que tapara del viento la candela de encender un cigarro.

El viento procuraba colarse entre los dedos,

con dos dedos de fresco apagarla.

Vieron arder la llama frente a frente

lo mismo que si un baile no hubiera comenzado.

Las manos no en las manos del otro

sino junto a la llama.

Los ojos no en los ojos del otro,

los ojos en la punta del cigarro que en lo oscuro

dibujó un círculo, la inicial de sus nombres.

Y llamaron amor a ese minuto

donde un cigarro ardía pese al viento.

 

Emisiones nocturnas

 

Lo contenido pugnó, pugnó toda la noche,

pegó con su cabeza tercamente

hasta cuartear el vidrio. / Metió sus muslos en muslos de otros,/ abrazó la cascada./

Se oyó el chisporroteo de un pimiento al asarse,

la explosión de la sal en el vientre de un sapo. / Al despertar la ropa estaba húmeda.

Volvía, pero de dónde.

 

Emisiones nocturnas las llaman los libros. / Como si se tratara de programas de radio, /

de una voz presa durante la noche / hablando para nadie / desde alguna estación lejana.

 

Antonio José Ponte. Matanzas, 1964. Ingeniero Hidraulico. Poeta, narrador, guionista de cine y ensayista. Ha obtenido varios premios nacionales. Ha publicado Trece poemas y Asiento en las ruinas (Poesía). Colabora asiduamente con distintas revistas culturales del país, y ha realizado dos antologías de joven poesía cubana. Sus poemas han sido traducidos al francés. Inglés, alemán, etc.

 

LIUDMILA QUINCOSES

 

Las manos de mármol al hijo de mármol acarician.

Sobre un pedestal de mármol erigido, / trenzado el cabello,

impreso en la blancura de la piedra./ Desnuda bajo el manto que la cubre casi sonríe/

casi llora, y tengo la sensación de verla moverse / en la distancia, como si no existiera. /

Las flores y las hojas van cayendo de los árboles pobres.

A la madre de piedra la han dejado sola.

 

                                                         

Te escribiré una carta de amor en la penumbra. / Sólo con mis uñas rasgaré las letras.

Lloraré y las lágrimas lamerán mis sueños, / mis alucinaciones de loco moribundo.

He creído en Dios, pero Dios no me salva, / no me trae tus manos para que me alivien.

Te escribiré una carta así, sin luz apenas./ Una historia en la noche cerrada resplandece,

su luz es una estrella que seguirán los magos / hasta cualquier cueva.

Te escribiré una carta y moriré tranquilo / en este extraño sitio que huele a misterio.

Es mi destino, desaparecer sin verte. / De en medio de los muertos volveré por ti.

 

Liudmila Quincoses. Santi Spiritus, 1975. Estudiante de Filología en la Universidad de La Habana. Ha publicado Donde se cuenta la historia (Cuento) y Un libro raro (Premio Fundación de la Ciudad, Santa Clara 1994) En 1996 obtuvo el premio PROMETEO de Poesía, convocado por la revista La Gaceta de Cuba, y el Premio América Bobia, que convoca Ediciones Vigía, Matanzas.

 

ALESSANDRA MOLINA

 

Lámina

 

Bebíamos / y era el brocado de los vasos fuertes /

lo que mejor otorgaba una raíz, un asentarse. / Tú me mostrabas láminas

pequeños dibujos que entreví lejanos, y por lejanos, flor;

así abrían al centro sus posturas, sus ligeros colores.

Era el brocado de los vasos fuertes una raíz color viñedo / flor, nudillo, rama vertical

casi una línea donde el ave no puede su reposo.

Seguramente pensados para el vuelo / ya éramos pájaros de cansadas formas.

 

Usuras del lenguaje

 

Tiene los hombros muy cansados de evitar el vapor de luz, el arco de la vieja lámpara sobre su mesa. Pero los efectos han sido inmejorables: postura, edad, facciones, ideas en ardua corrección. Horas en las que todo el trabajo parece conducirle hacia el reposo: los bien ungidos callos comestibles. Masas de aire en frascos de carbono -inevitable y denso como una columna, y ésta, a su vez, la muleta arqueológica. ¡Y los bancos de arena!, excelente alquiler para los alelados extranjeros, con lentitud hacia el mismísimo fondo. Miel, no importa que corteza la almacene, su nombre es conocido, su proceso va del trasiego al sueño. Ninguna palabra nueva. Ningún amor (tendría que moderar este lenguaje como un mercader que evita paradojas de mala gana compraría lo que vende)

 

Noches en las que todo el trabajo debiera conducirle a la serenidad. Cuando la lámpara cierra el arco de luz y las mariposas alborotan, chocan entre sí, se pegan a la piel, rotan su caída como los precios rotan y la piel aguarda, se pudre, cambia muchas veces de estampado, de valor, muchas veces el dibujo de alas antes de hacerse el comercio. Violentas y tardías, para salir al mundo agotan la abertura solar.

                                                   

Alessandra Molina. La Habana 1969. Graduada de Filología en la Universidad de La Habana. Su libro Anfiteatro entre los pinos fue galardonado en 1996 en el Premio de la Ciudad. Ha escrito varios trabajos sobre investigación literaria, fundamentalmente alrededor de la obra de José Lezama Lima. Poemas suyos aparecen en distintas antologías de joven poesía cubana, y han sido traducidos al francés y al inglés.

 

        Los cuatro poetas aquí seleccionados no intentan dar una visión representativa de la actual poesía cubana: son sólo cuatro[AJC1]  maneras de hacer dentro de un panorama mucho más amplio y polifacético. He intentado, sin embargo, caracterizar algunas de las vertientes más evidentes a partir de estas poéticas individuales. En el caso de Emilio García Montiel, el lector podrá apreciar una característica común a muchos poetas de su promoción: la poesía de Emilio se distingue ante  nuestros ojos por un lirismo intenso, un lenguaje pulcro y conciso, sin regodeos metafóricos. La “pulcritud” de su verso está cargada, no obstante, de una fuerte connotación filosófica y social, y es aquí donde me parece que radica su principal virtud. Emilio asume con valor las actitudes morales, siempre cambiantes en un contexto convulsivo, como si quisiera llamarnos la atención sobre aquellos detalles que parecen nimios o sin importancia, y que no obstante conforman el patrimonio ético de una generación. Podemos sentir una energía interior que yace sumergida aunque latente en el texto, que lo dota de un poder de sugerencia particular y convincente.

      Caracerísticas muy similares aparecen también en la poética de Antonio J. Ponte. La anécdota aparentemente trivial, o efímera, es observada aquí por un ojo atento, perspicaz, que al ser “descubierta” o recreada adquiere una dimensión insospechada y novedosa. La poesía que se esconde detrás de los gestos o las actitudes más cotidianas, parece decirnos, la suma de infinitos momentos que a la postre conforman una singularidad: por aquí está la verdadera esencia: la de una vida, y la de sus textos.

     Algo más compleja, a nivel de densidad linguística o tropológica parece ser la poes[AJC2] ía de Alessandra Molina. A mi modo de ver, es la propuesta más interesante de toda la poesía escrita por jóvenes mujeres poetas en Cuba. Alessandra elabora sus textos con la misma meticulosidad de un pulidor de lentes medieval, concentrando toda su energía en la consecución de un verso preciso y certero, y esta especie de obsesión produce un discurso compacto, que incluso por momentos puede parecer hermético, pero de gran fuerza expresiva. Como se puede deducir, -a juzgar por su propio ritmo de escritura- su producción poética es pequeña con relación a otros autores de su edad. Sin embargo, su madurez evidencia que, en su caso,  no es la creación poética una ocupación ocasional, llegando a convertirse en un verdadero ejercicio de la inteligencia. No sabría decir si su poesía podría verse desde el prisma más contemporáneo de una “poesía de la experiencia” o del conocimiento; de lo que sí estoy seguro, como lector imparcial, es de su poder de comunicación sin concesiones, de su hondo sentido, de su capacidad para hacernos reflexionar.

       Finalmente, he querido traer a esta mínima selección el verso de Liudmila Quincoses como evidencia de una poesía más directa, de una particular nitidez que por momentos se asocia con algunos recursos de un coloquialismo “confesional” aunque  mesurado, y que muestran la frescura de un decir y de una circunstancia más inmediata; una retórica al parecer sin grandes pretensiones ni influencias visibles, espontánea y hasta lacerante en algunos momentos, como una sensibilidad que se expone a flor de piel. Cierto regodeo en el intimismo, en cierto afán de autoconocimiento van perfilando ya, en esta primera etapa de su poesía, un modo de decir que quizás no sea ajeno a muchos lectores, pero que con el tiempo puede consolidarse como una voz auténtica.