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Cristina Peri Rossi, Premio Cervantes: “Soy una francotiradora”

Javier Ors

 

 

Su nombre circulaba desde primeras horas de la tarde como ganadora del Premio Cervantes 2021, pero nadie se atrevía a confirmarlo. Podía ser un rumor y tan solo formar parte de una de las tantas apuestas que siempre existen alrededor de los galardones. Cristina Peri Rossi, uruguaya de 1941, traductora por vocación, escritora inquieta y exigente, de las que desconfían de los caminos ya trillados y siente el aventurerismo y el vértigo de lo experimental, siempre ha traído consigo el eco de su activismo político, la amistad lejana con Julio Cortázar y una obra extensa, desacomplejada, de amplias orillas. Pero ayer nada en su domicilio, situado en un barrio de Barcelona, anticipaba que allí residiera una autora que fuera a alzarse con el galardón más prestigioso de las letras en español. El edificio responde al gusto de los setenta, sin nada notable en la fachada exterior. En la puerta no hay ningún periodista esperando. En realidad no hay nadie. No existe ninguna expectación, no hay ruido de nada. Solo silencio. Quizá queda, antes de traspasar el umbral, que cerca de allí existe una cafetería a la que ella suele ir. Es uno de esos sitios donde un narrador y poeta encuentra acomodo entre su vocinglería y el bullicio habitual que agita las conversaciones y las peticiones de las mesas. En sus paredes conservan recortes de ella, de sus entrevistas, de artículos, de cosas literarias. Al entrar en la casa, se respira el silencio de los lugares sin prisas, sin agitaciones. El portero, amable, de jersey oscuro, con cuarenta y pico años cargados a la espalda, sale al cruce con el irrevocable aspecto de las personas que conocen lo que se cuece. «Ella ya lo sabe, ya está informada», comenta con tranquilidad, con la sonrisa de las personas que están al tanto de lo que sucede y que casi va por delante del resto. Todavía no se ha mediado palabra, apenas un saludo, cuando, con diligencia y un gesto moderado, señala el ascensor y apunta el piso al que uno debe dirigirse.

Peri Rossi pertenece al grupo de autores que siempre han buscado formas nuevas de expresión y que ha disfrutado de un enorme prestigio en las letras desde su irrupción en la literatura cuando apenas contaba con 22 años y la juventud era una línea de horizonte sin final. Nada hacía auspiciar por entonces que con su primer libro, «Viviendo» (1963), que la daba a conocer en el mundillo, su obra terminaría traduciéndose a más de veinte idiomas, algunos tan distantes como el coreano, y que relevantes críticos internacionales subrayarían la maestría de su legado literario.

El valor de la palabra

Un talento que ayer fue refrendado, precisamente, por el jurado del Premio Cervantes, que falló a su favor por mayoría, no por unanimidad. En el acta se reconocía «la trayectoria de una de las grandes vocaciones literarias de nuestro tiempo y la envergadura de una escritora capaz de plasmar su talento literario en una pluralidad de géneros». También se subrayaba que «la literatura de Peri Rossi es un ejercicio constante de exploración y crítica, sin rehuir el valor de la palabra como expresión de un compromiso con temas claves de la conversación contemporánea como la condición de la mujer y la sexualidad». El ministro de Cultura, Miquel Iceta, durante el anuncio del Premio Cervantes, resaltó igualmente la enorme calidad de la autora, subrayó uno de los aspectos que existe en esta edición: «La condición de su obra como puente entre Iberoamérica y España y de recordatorio perpetuo del exilio y las tragedias políticas del siglo XX».

Peri Rossi vive en un piso alto, en una duodécima planta. Pero al llamar a su puerta, que es de madera antigua, que no tiene felpudo al pie, que se ajusta al marco con esa precisión que impide que ningún sonido salga del interior, no sale ella, sino la persona que está cuidándola en este momento. Y es que Peri Rossi, al contrario de lo que muchos puedan considerar, tiene una biografía asendereada, de muchas emociones. Desde temprano optó por una activismo político que le buscó muchos enemigos y que la obligó a abandonar su país para refugiarse en España, donde se exilió en 1972, cuando frisaba la edad de 31 años. Un periplo amargo, de mucho abandono y dolor, que no terminó con una residencia fija en nuestro país, sino con una nueva huida, cuando el Gobierno español entró en conversaciones con el suyo. Esta vez, por mediación de Julio Cortázar, encontró acomodo en París. Allí fraguó con el autor de «Rayuela» una intensa amistad que después ella reflejaría en «Julio Cortázar y Cris». Solo más tarde, a partir de 1975, obtendría la nacionalidad española y podría regresar a nuestro país, donde ya permanecería.

Una escritora entre géneros

Sin embargo, nada de esto que se viene a encontrar en una conversación urgente, apremiante, con motivo del Premio Cervantes, aparece. Lo que se escucha no es precisamente lo que gustaría. Al abrirse la puerta de la casa cae una luz suave, clara y la persona que atiende comunica que «por desgracia», Cristina Peri Rossi «no nos puede atender». Informa que en este instante está enferma, que está delicada de salud. Sí comenta que ya ha hablado con el ministro y que «está muy contenta, aunque esté en la cama en este momento». Al volver a la calle, lo único que suena es una notificación en el móvil: «La escritora Cristina Peri Rossi gana el Premio Cervantes». Y uno, aunque no regresa sobre los pasos, vuelve a intentar hablar con ella, porque si una cosa enseña el periodismo es a no desistir ni tirar la toalla nunca. Y el éxito, esta vez, sale al encuentro de uno, aunque solo sea por unos cuantos minutos. «Es el premio a toda una obra que empecé muy joven. Con 22 años publiqué mi primer libro. No pertenezco a ninguna camarilla literaria, ni enchufes. Soy una francotiradora», reconoce la escritora, que, a pesar de su voluntad, es escueta en palabras.

A pesar de su estado delicado, Cristina Peri Rossi todavía conserva el sentido del humor, todo un escudo contra los malos momentos, y asegura respecto al Premio Cervantes que «casi coincide con mi cumpleaños el 12 noviembre» (que es mañana), aunque aquí es inevitable que meta un pequeño inciso para acordarse de un amigo: «Cortázar estaría encantado porque nunca tuvo premios».

La escritora tampoco puede evitar, es casi inevitable, hacer una alusión a la dotación que trae consigo el galardón: «Creo que esta es la primera vez que veré 125.000 euros juntos», comenta. Y luego añade respecto a su trayectoria profesional: «He pagado el precio de escribir en editoriales pequeñas que aman lo que escribo. No he querido que me impusieran el tema o fuera más comercial». Es tentador preguntarle por el motivo del discurso para la entrega del Premio Cervantes y ella se muestra renuente a decirlo, pero, por debajo, como una alumna pilla, asegura: «El discurso del Cervantes es un secreto, pero hablaré de la mujer».