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Pequeñas historias de la vida cotidiana

por Carmen Pérez Jiménez

 

¿A qué edad publicaron los escritores por primera vez?

 

 

Miguel de Cervantes escribió el Quijote cuando tenía más de 50 años.// Mary Shelley, su Frankenstein, a los 21// Raymond Chandler, El sueño eterno, a los 51 años// Edgar Allan Poe publicó su primer libro de poesías Tarmelán y otros poemas a los 18 años.// Jane Austen escribió a los 38 años su obra central.// Henry Miller, Trópico de Cáncer, a los 48// Friedrich Nietzsche componía poemas a los nueve años y publicó El nacimiento de la tragedia a los 27; pero no escribió Así hablaba Zaratrusta hasta los 40. //Pablo Neruda publicó a los 20 años Veinte poemas de amor y una canción desesperada. //Rafael Alberti obtuvo el Premio Nacional de Literatura a los 23, con Marinero en tierra //Leopoldo Alas publicó La Regenta a los 33.// Leon Tolstoi terminó Guerra y paz a los 40 años, aunque a los 24 ya publicó su primera obra autobiográfica.// David Herbert Lawrence, El amante de lady Chatterley a los 43 años.// Vladimir Nabokov publicó Lolita a los 56.//

 

¿Qué anécdotas, qué pequeñas historias ocuparon sus vidas y podremos reconocer, o no, en su escritura? ¿Qué sabemos de ellos?

 

Vladimir Nabokov

  Un día de 1950, su mujer Vera logró detenerlo cuando iba camino del jardín de la casa para quemar los primeros capítulos de “Lolita”, agobiado por las dudas y las dificultades técnicas. Para él todo fue artificio, incluidas las emociones.

 

Arthur Conan Doyle

  Durante muchos años, recibía cartas a nombre de Sherlock Holmes; admiradores que le pedían que Holmes se ocupara de tal o cual caso. Ello le indujo a pensar en matarlo, para deshacerse de él. Fue su propia madre (ferviente lectora de sus aventuras) quien salvó la vida al detective, convenciendo a Conan de aplazar su muerte. Cuando fue nombrado Sir, tras muchas reticencias, recibió numerosas cartas felicitándole por haberse convertido en Sir Sherlock Holmes. El secreto de su éxito era que nunca forzaba una historia.

 

William Faulkner

    Se vanagloriaba de no haber leído nunca a Freud ni a Shakespeare. Sin embargo, leía El Quijote todos los años. Aseguraba que nunca decía la verdad y que había escrito “Santuario” por dinero: “lo necesitaba para comprar un caballo”, dijo. Lo mató una trombosis el 6 de julio de 1962.

 

Thomas Mann

    Mann, a juzgar por sus cartas y diarios, era de una seriedad temible en su vida personal. Lo más llamativo de sus diarios era que consideraba digno de registrar todo lo que le ocurría; desde la hora a la que se levantaba, hasta los insistentes informes sobre sus evoluciones estomacales. También nos informaba de si le devolvían las alfombras del tinte o si visitaba al pedicuro.   No faltan expresivos comentarios sobre su atormentada sexualidad: “Tuve que dejar de beber esa cerveza fuerte que se hace ahora no sólo porque atacaba a mi estómago sino porque actuaba también como afrodisíaco, excitándome y haciéndome pasar noches intranquilas”.

 

James Joyce

   Se describió, en más de una ocasión, como un hombre celoso, solitario, insatisfecho y orgulloso. Siempre estuvo convencido de la importancia extrema de su obra, incluso cuando aún no existía. Le tenía sin cuidado que la leyeran o no y, por supuesto, las opiniones. Durante su estancia en París era reverenciado y temido: nadie contraveía sus deseos y costumbres, como, por ejemplo, la de cenar todos los días a las nueve en el mismo sitio.    Sus famosas cartas obscenas dejan entrever su deseo de que su novia Nora engordase, para ser dominado y golpeado por ella.

  

Rilke

    Cuando Rainer María Rilke era muy joven, fue a visitar al viejo Tolstoi en su finca. Mientras caminaban por el campo, en compañía de Lou Andrea Salomé,  Tolstoi le preguntó a Rilke: “¿A qué se dedica usted ahora?”, a lo que el poeta contestó natural y tímidamente: “A la lírica”. Según parece, recibió en respuesta una sarta de insultos contra todo tipo de lírica. A tenor de sus cartas, Rilke se pasó la vida “esperando” la lírica, mientras compartía esa espera con diferentes mujeres, la mayoría aristócratas, dispuestas a darle albergue en sus castillos y propiedades, para hacer su espera más cómoda. Según se dice, le llevó diez años, componer las “Elegías de Duino”. Cuando oía “la llamada”, se quedaba inmóvil, sacaba el pequeño cuaderno  lírico que llevaba siempre consigo y anotaba unos pocos versos. Pero al poco, el dios de las voces y las llamadas, se calló durante diez años.