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Martin Amis: «Los escritores vienen

de ninguna parte, y eso es bueno»

 

 

 Martin Amis vive en Cobble Hill, un pequeño barrio del Brooklyn bonito y caro. Su casa tiene tres plantas: el estudio en el sótano, la vida en la planta baja, la biblioteca y la intimidad en el primer piso. Se puede vivir bien si eres uno de los mejores escritores vivos en lengua inglesa. Muy bien. La sala de estar no tiene televisor, y se respira una quietud lujosa. Señala una mesa redonda de mármol sin pulir, rosada, como de café europeo: «Esta es la mesa de las entrevistas». Pasará toda la entrevista prácticamente en la misma postura, mirándome fijamente, fumando un cigarrillo electrónico. «He dejado de fumar y de beber». No contesta a mi «¿por qué?». Todo lo demás lo responde enseguida, pero sin prisa, desplegándose, de memoria. No para de citar, de recitar, y cuando termina, ha abierto siete temas nuevos y no ha terminado de responder exactamente a lo que yo le preguntaba. Da igual. Quizás no sea el pensador más profundo a este lado del Mississippi, pero escucharle es un placer transatlántico. Se le nota, eso sí, que es británico: habla desde las ruinas del imperio tanto como desde la seguridad de pertenecer a la más poderosa de las culturas de nuestro siglo. Su macarrismo, creo, también es un lujo.

 

Su relación con la prensa no es muy buena. Especialmente con la prensa británica.

No lo es, no.

¿A qué se debe? ¿Por qué le profesan ese… no lo llamaría odio, pero al menos algo de…?

[Ríe] Bueno, sí, odio es una buena palabra.

¿Lo es? De acuerdo, entonces: odio.

Tiene algo de accidente histórico. Aunque hay quien dice que no, yo creo que tiene que ver con mi padre. Viví la aparición de lo que se diría un antielitismo, que no existía para nada cuando publiqué mi primera novela en 1973. Todo el mundo estaba muy contento de que yo fuera hijo de un escritor, y vertieron en mí toda su empatía: «¡Oh! ¡Debe ser tan duro ser hijo de un escritor...!».

Pero no lo era.

No, no lo era, pero ahora sé que tiene que ver con empezar muy pronto. Si lo dejas hasta los veintilargos, creo que es muy difícil escribir a la sombra de un padre que se ha hecho un nombre en la literatura. Tienes que ser joven, valiente, y estúpido para empezar. Tienes que lanzarte de cabeza. Cuando te acercas a los treinta, le das demasiadas vueltas a todo, te vuelves demasiado autoconsciente: cómo va a sonar esta frase, qué objeciones se le pueden hacer. No puedes ser así; como escritor, tienes que escribir y punto.

De todas maneras, algo hay ahí: existen muy, muy pocos ejemplos de dos generaciones de escritores en una misma familia, en cualquier idioma. Los escritores vienen de ninguna parte, y eso es bueno. Tienen que venir de ninguna parte, de ahí que se sientan nuevos cuando llegan. Piensas: ¿y este quién coño es? Sus padres fueron maestros, o conductores de autobús, o lo que sea. Y es una experiencia nueva. Pero yo vengo de una familia literaria, y durante mucho tiempo no es que hubiera un novelista en casa, sino que había dos. Mi madrastra era escritora también.

Sí. O sea que durante una temporada fuimos tres novelistas bajo un mismo techo.

En sus memorias cuenta una escena preciosa: su padre corrigiendo una colección de relatos cortos escritos por su madrastra, y cómo esas correcciones estaban cargadas del momento sentimental que su padre y ella vivían en aquellos días.

Sí, exacto. Ese era el ambiente, todo mezclado.

Es cierto que su padre y usted no estaban de acuerdo en cuestiones políticas, pero si uno lee las cartas que usted le mandaba desde la escuela se aprecia que tenían una relación tierna, profunda, alentadora. Me hizo pensar en una especie de acumulación de capital, de capital literario, que usted heredó e hizo crecer.

Teníamos una relación fantástica. Era una relación padre-hijo muy buena. Christopher Hitchens decía que era la mejor que había visto nunca. Pero además era una amistad literaria. Y aunque teníamos opiniones diferentes sobre literatura moderna, estábamos de acuerdo en los principios básicos. O sea que no, no me puedo quejar.

Incluso memorizó algunos poemas de su padre cuando era adolescente. En sus cartas de la época del instituto le dice «este poema es de puta madre y me lo tengo que aprender de memoria».

Claro. Nunca tuve ningún problema en entender que yo formaba parte de una tradición, que es básicamente la de la novela cómica británica. Me sentía totalmente en casa en ese género. Sin embargo, también sentí que yo quería hacer cosas con la novela que no había visto hacer, pequeñas innovaciones.

¿Por ejemplo?

Creo que conseguí unir la novela americana y la británica. En términos de ficción, solía haber una tensión ridícula entre Inglaterra y Estados Unidos. Cuando publiqué Money, en 1984, creo que fui el primer escritor inglés en enviar a un británico a Nueva York y dejarlo impresionado de verdad, no burlándose de todo o quejándose de los americanos. El protagonista cree en serio que este es un sitio con clase [ríe]. A la prensa británica le caigo mal también por eso.

O sea que piensa que es cosa de nacionalismo.

Sí, algo de eso hay. Pero no es tan importante como la cuestión hereditaria. He dicho alguna vez que soy como el príncipe Carlos. Hace dos generaciones se lo habrían tomado muy en serio, el heredero del trono y todo el rollo. Ahora nadie le toma en serio en lo más mínimo. He coincidido con el príncipe Carlos varias veces y es buen tío, pero empieza una de cada dos frases diciendo. «Siento tener que decirlo, pero es mi parecer que…». Ex cátedra, desde el púlpito. ¿Basándose en qué, exactamente?

Por lo menos se disculpa…

¿Se disculpa?

No lo sé. Acaba de decir que empieza una frase sí y otra no diciendo «Siento tener que decirlo».

Sí, pero en realidad no le sabe mal. No lo siente ni un poco [ríe]. En cualquier caso, ahora el antielitismo, que todavía corre por ahí, cada vez parece más ridículo y te deja en evidencia. A mí me gusta preguntar a la gente: ¿eres muy antielitista cuando vas al médico? ¿Quieres que tu médico sea un tipo como cualquier otro? No. ¿Eres antielitista cuando te subes a un avión? ¿Verdad que no? Quieres que el piloto sea un experto en lo suyo. Hay algunos sectores donde el antielitismo nunca sale a relucir, porque todo el mundo entiende que es cuestión de ciencia. Pero la literatura es muy vulnerable a ese fenómeno.

Sin embargo, he leído una cita suya que dice: «Los novelistas siempre asumen que lo que sienten es universal. Es la gran apuesta del novelista. Un escritor debe ser cada hombre (every man)».

Every man, con E mayúscula. Eso es lo que tienes que ser, y tienes que ser una persona que ame la literatura. Ambas cosas. También puedes hacerlo todo por instinto. Algunos escritores muy buenos hacen eso.

Como su madrastra.

Sí, ciertamente más que mi padre, que estaba muy anclado en la literatura inglesa y los poetas británicos. Lo que le importaba era la poesía, no le interesaba la ficción, y desde luego no le interesaba la alta literatura. Odiaba ese término. Le gustaban los thrillers, la ciencia ficción, cosas así.

Incluso Terminator II, dice usted.

Oh, sí. ¿A ti no te gusta Terminator II?

Me encanta. Estoy de acuerdo con su padre: es una obra maestra.

Pues cuando me acostumbré a esa idea dejó de importarme que a mi padre no le gustara demasiado mi literatura, y que no le gustara ni uno solo de mis contemporáneos.

Usted ha explicado que su padre dejó de leer su novela Money justo cuando su personaje, el personaje llamado Martin Amis, aparece. Me imagino que tiene que ver con ese factor posmoderno: la aparición del autor. Pero, la verdad, sus novelas no son tan posmodernas.

Sí, y además el posmodernismo resultó ser un paso en falso. O sea, estuvo bien probarlo, pero resultó ser un callejón sin salida. Por otra parte, tuvo un increíble poder de predicción en la política. La política hoy es totalmente posmoderna. Los políticos no intentan colártela, te cuentan lo que están haciendo. Tienen que actuar para cierto público y todo el mundo lo entiende. La política actualmente es un formato mediado. Y la ficción estaba muy en esa línea.

El historiador marxista Eric Hobsbawm dice que los expertos en moda son uno de los grandes misterios de nuestro tiempo: pueden predecir el futuro. Son de una estirpe notoriamente irreflexiva. No se sientan a discutir sobre el futuro. Van, y lo hacen: predicen qué va a pasar dentro de seis meses o un año. Si hay algo de verdad en eso, y creo que debe haberlo, entonces es posible que el novelista también tenga esa capacidad subliminal de ver hacia dónde van las cosas.

En sus memorias (2001) habla de hacia dónde van las cosas, y apuesta por las novelas sobre ciencia. «Ahí es hacia donde se dirige la novela, para llenar el vacío creado, tal vez, por el fracaso de su disciplina hermana, la filosofía de la ciencia, y por la indiferencia y desprecio con que los científicos la tratan».

Y va a continuar así hasta que los novelistas dejen de hacerlo, si es que dejan de hacerlo algún día. Lo de la filosofía de la ciencia es muy real: Einstein solía leer mucha filosofía de la ciencia. Hacía grandes descubrimientos, pero también quería saber qué haría la filosofía con ellos. Se preguntaba: ¿de qué tipo de conocimiento trata? Cosas que tú y yo apenas entenderíamos. Hoy casi nadie lee filosofía de la ciencia. Tú y yo, por ejemplo, no la leeríamos.

¿Existe un cisma entre los científicos y el sentido? ¿Son incapaces de ir más allá del experimento concreto?

Es la especialización. Y como resultado hay un vacío. Pero no es que alguien dijera: «¡Oh! ¡La filosofía de la ciencia está en declive! ¡Escribamos novelas sobre ello!». Es solo que los novelistas son conscientes de que la ciencia juega un papel más central en sus vidas, e intentan entenderlo. Escritores como Jonathan Franzen son muy buenos asimiladores de ciencia, como lo era Updike con los ordenadores: un tipo increíblemente avanzado. La versión de Roger es muy impresionante. Updike podía leer y comprender cosas hasta niveles de doctorado en poco tiempo. Ian McEwan, como siempre, está muy interesado en el conflicto entre la ciencia y la religión, o la superstición, o todo tipo de creencias.

Usted también, en cierto modo.

Un poco, sí. Antes leía mucha cosmología. Salman Rushdie dice que siente un agujero en forma de Dios en su interior, donde la creencia no aparece. Hay en él un vacío que Dios ocupaba para su padre y su abuelo. A mí no me pasa: yo siempre he sido «irreligioso», excepto por unos breves seis meses cuando tenía ocho años. Hasta coleccionaba Biblias. Pero siempre supe que vivía en una casa sin Dios. Así que una vez que estaba rellenando un formulario para el colegio, me encontré con una pregunta que me hizo pensar: ¡A tomar por culo!, ¿por qué metéis las narices donde no os llaman? La pregunta era: «¿De qué religión eres?». No tenía ni idea, así que grité: «¡Mamá! ¿De qué religión somos?». Hubo un largo silencio. Y luego más silencio. Y entonces mi madre dijo: «De la Iglesia anglicana». Y yo respondí: «¡Gracias a Dios!» [ríe]. La Iglesia de Inglaterra no te exige nada [ríe].

Se considera agnóstico, ha dicho, pero no ateo, porque el ateísmo es una forma de creencia.

No es tanto eso como que siento que estamos en una posición de ignorancia sobre el cosmos tan… Resulta risible, embarazoso, lo poco que sabemos sobre la formación de galaxias, y sobre otras cuestiones básicas: la materia oscura, por ejemplo. Hace unos años todavía la llamaban «material». No tenían ni idea de lo que era. Ahora creen que se trata de una especie de átomos muy jodidos que de algún modo nunca llegaron a… [ríe], una suerte de… átomos deformes. Así que creen tener una idea aproximada de lo que es. Decir que no existe una inteligencia superior en el universo cuando de hecho el universo es en sí mismo una inteligencia superior a nosotros… A mí me suena como a prueba de algo, o ciertamente a una hipótesis robusta de que existe una inteligencia superior.

Bueno, podría ser solo una proyección. Proyecta un significado en el universo que usted llama inteligencia.

Sí, solo inteligencia. Eso es todo. Pienso en ese cuento sobre un planeta. Empieza con una descripción. No podría ser menos hospitalario: química sin agua, aire tóxico, todo mal. Arthur C. Clarke escribe que es «adverso a la vida, pero no adverso a la inteligencia», porque hay mucha actividad eléctrica. La idea de que una inteligencia pudiera desarrollarse de manera del todo independiente es sin duda una idea maravillosa. Así que soy partidario de mantener una posición de humildad. Si tuviéramos aquí a un creyente, un agnóstico y un ateo, yo estaría entre el agnóstico y el ateo, basculando hacia el ateísmo, pero todavía necesito que haya muchas más cosas verificadas por seres humanos sobre el universo para ser ateo.

En sus novelas lo divino está ausente. Ni siquiera existe esa vieja sensación: el asombro. Incluso la presencia del cosmos es apocalíptica. Hay un momento, en Campos de Londres en que Sam (el narrador de la novela) habla sobre otro personaje: «Así que a su modo Guy Glinch confrontaba la pregunta central de su tiempo, una pregunta que veías en todas partes, en cada titular y en cada corte de pelo: si en cualquier momento puede que nada importe, ¿quién puede decir que algo importa todavía?».

Correcto. El contexto es la doctrina de la destrucción mutua asegurada (la guerra fría, la era nuclear). Fue un momento particular. Quizás todavía tengamos que vivirlo de nuevo, con Putin aparentemente imparable, con esa especie de ambición infinita para el Estado ruso —todo basado en una terrible inseguridad—. Ciertamente no es un buen cóctel.

¿Es Putin el villano de hoy?

El menor de mis hijos trabaja en la Foreign Office. Dice que la escalada militar de la que Rusia es capaz en su frontera occidental les permite hacer de un día para otro lo que a nosotros nos costaría un año preparar. Ese viejo miedo, el Ejército Rojo invadiendo y tú con armas nucleares como única disuasión, no es muy tranquilizador.

Otra cita suya: «A los hijos de la era nuclear se les debilitó la capacidad de amar».

Es la presencia de la muerte. El amor tiene dos enemigos, dos antónimos: el odio y la muerte. Recuerdo decirles a mis hijos, los chicos, antes de que la niñas nacieran, justo después del colapso de la Unión Soviética: «Estoy tan agradecido de que no tengáis que crecer como yo crecí» en lo que Hobsbawn llamó «una competición de pesadillas».

La guerra fría se luchó en las pesadillas.

Solo la luchamos en nuestros sueños, en ningún otro lugar. Quizás en las películas, en las novelas, eso es todo. Y continué diciéndolo: «Estoy muy contento, estoy agradecido». Entonces, el 10 de septiembre del 2001, les decía: «Sois tan afortunados». [Ríe] Y al día siguiente: ¡zas!

¿Es una licencia o es biográfico? ¿El 10 de septiembre les dijo eso?

Oh, probablemente lo repetí; lo repetía como un borracho. Cuando me quejaba de la proliferación nuclear y la doctrina de la destrucción mutua asegurada, mi padre solía decirme: «Siempre hay algo». Ya había fallecido para entonces, pero mi padre hubiera mirado a Osama Bin Laden y hubiera dicho: «Ya viene otro, volvemos a lo mismo». Ahora no es Osama, ahora es Al-Baghdadi en el Estado Islámico: volvemos a lo mismo. Y debo decir que siento que puedo entender bastante bien qué motivaba a Osama, pero no tengo ni idea de lo que motiva al EI. Sé lo que ellos creen que están haciendo, pero no entiendo por qué la gente se les une. Conozco todas la razones que se dan, pero ¿por qué hay chicas jóvenes que se van con ellos? Cuando ves lo que hacen, ¿de veras quieres acercarte a ellos en lugar de alejarte lo más posible?

También pienso, ¿qué hay de todos esos intelectuales que no asistieron a la cena del PEN en honor a Charlie Hebdo? Escritores famosos como Peter Carey, Joyce Carol Oates, o Russell Banks: una lista larguísima. Su fracaso es equivalente a la indulgencia que se le prestó al comunismo bien entrados los años cincuenta y sesenta; de hecho, hasta la publicación de Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn, en 1973. Fue una ceguera voluntaria, y esa vieja cosa: «no hay enemigo a la izquierda», «cualquier cosa que sea antiamericana tiene que ser una buena idea».

Es un fracaso intelectual rotundo no poder identificar algo como EI, tan adverso a todo lo que amas. Y a pesar de todo, hay quien se une a ellos y quien dice: «No quiero parecer islamófobo». Islamófobo… cualquiera que dedique cinco minutos a esa palabra pasará a la historia como el mayor despilfarrador de tiempo que jamás se haya visto. Por supuesto que no eres islamófobo: tú lo que eres es islamisto-fóbico. ¿A quién le importa una mierda si alguien es musulmán? Eso te da igual. Lo que te importa es que alguien quiera matarte. Una fobia es un miedo irracional, y esto no es un miedo irracional. Lo que hay en Palmira no es miedo irracional.

En 2006, cuando volvió al Reino Unido después de vivir en Uruguay durante un par de años, dijo en una entrevista en The Guardian: «Algo extraño ha ocurrido, me parece a mí, en mi ausencia. No sentí que me estuviera volviendo más de derechas cuando estaba en Uruguay, pero al volver sentí que me había movido considerablemente a la derecha mientras me quedaba en el mismo sitio».

Sí, porque todo el mundo se había movido hacia la izquierda. Tiene que ver con la clase de los opinadores. Es todo la cuestión del islam. Están aterrorizados por si parecen racistas. Puedes hacer lo que te dé la puta gana en el mundo moderno siempre que tu piel sea lo bastante oscura; si es así todo vale.

Esta es una afirmación poco sutil.

Si hubiera un montón de rubios haciendo este tipo de cosas en Oriente Medio, ¿crees que les tendrían alguna simpatía? No lo creo.

Hace unos años, tuvo que refinar su posición pública sobre el islam y el islamismo porque le etiquetaron de islamófobo.

Poco antes de Pearl Harbor, cuando los líderes japoneses hicieron sus cálculos, uno de ellos dijo: «Podemos crearles un infierno durante un par de años, pero no tenemos ninguna posibilidad contra la potencia de la economía norteamericana». Piensa en todas las locuras y toda la crueldad que vino después: la masacre de Nanking, todo lo que hicieron en China, los campos de prisioneros, y todo lo demás. A ser anti-eso lo hubieran llamado «fobia a lo japonés», pero no lo es. Algunas cosas están muy claras y son muy obvias. Esta es una de ellas.

En su ensayo Terror y aburrimiento dice: «Las costumbres y tradiciones varían de país a país y uno no puede sostener razonablemente que un ethos es mejor que otro». ¿Es esta su apuesta por el relativismo cultural?

Pueden ser tan diversos culturalmente como quieran. El problema es cuando aparece la coerción. EI es básicamente un gran código penal. Obliga a los demás a comportarse de una cierta manera. Mi hija de dieciséis años se quejaba el otro día justamente de esto, cuando discutíamos sobre esa funcionaria de Kentucky que se negó a emitir una licencia de matrimonio a una pareja homosexual. Mi hija dijo: «no es de su incumbencia, lo que hagas es cosa tuya. Cuando fuerzas tus creencias en otra persona…» y tenía escalofríos de rechazo.

¿Ha leído la decisión del Tribunal Supremo sobre el matrimonio gay?

He leído citas en la prensa: muy conmovedora, escrita con mucho estilo.

Algunos críticos sostienen que el argumento no es muy bueno, a pesar de lo bella que pueda ser la prosa.

La cuestión de la igualdad me pareció que era muy clarificadora: si tú te puedes casar, ¿por qué ellos no? Y, como dijo Christopher Hitchens, los conservadores se equivocan por completo cuando dicen que se trata de algo radical por parte de los gais. En realidad es muy conservador. Es un compromiso muy cuco: ¡es burgués!

Me ha dicho que no entiende por qué la gente se une a EI y, en su última novela, La Zona de interés, hay un epílogo en el que dice no entender a Hitler tampoco. ¿Son casos extraordinarios? ¿Fue el nazismo tan distinto de lo que hizo, por ejemplo, el Imperio británico con sus colonias? ¿Qué es tan distinto en el nazismo que escapa nuestra comprensión, si la historia, y la historia de Europa en particular, está repleta de limpiezas étnicas, destrucción, odio y dominación?

Normalmente puedes encontrar una razón coherente para explicarlo. Por ejemplo, en Darfur gran parte de la limpieza étnica se explica por el cambio climático. Está cambiando el carácter de las tierras y uno las necesita para cultivarlas. Existe una causa, una causa razonable, por muy moralmente discutible que sea. Pero no hay nada para entender a Hitler, solo el antisemitismo, que a él le duró toda la vida.

También era parte del sustrato cultural europeo.

Sí, pero incluso en su último testamento Hitler escribió que el veneno de la humanidad era la judería internacional. Es ridículo, estaba basado en la nada. Se sustentaba en Los protocolos de los sabios de Sión. Una falsificación. No, no era una falsificación, fue un invento, una fabricación. Todo el mundo lo llama una falsificación. Todos los historiadores usan esta palabra: falsificación. ¿Una falsificación de qué? Falsificación sugiere algo real, un documento auténtico. No es una falsificación, es una fabricación. Lo creó la policía secreta zarista, la Okhrana, a principios de siglo. Hitler siempre decía que era auténtico porque necesitaba una razón para hacer lo que hacía.

El antisemitismo en sí mismo es algo muy raro, y no lo entendemos. La gente que odia a los negros no dice que son responsables simultáneamente de traer enfermedades y de controlar Wall Street. El antisemitismo es una idea esquizofrénica, una clásica idea esquizofrénica.

Continúa...