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Martin Amis II 

 

 

Pero tiene una larga historia. A solo un par de paradas de metro de aquí, está el barrio judío hasídico. Vinieron de Ucrania, donde los pogromos rusos casi los exterminaron dos veces. Les culparon de la muerte del zar. Oleadas de judíos huyendo de esa esquizofrenia han estado levantando barrios en Brooklyn desde el siglo XIX. Hay una continuidad, no solo la locura de Hitler.

Viene y va. Saul Below dijo una vez que la historia del mundo es la historia del antisemitismo. Y estaba siendo deliberadamente hiperbólico, pero es cierto que es una especie de termómetro en la boca de la humanidad: cuando la fiebre sube, sube el antisemitismo. Es la manifestación de una enfermedad que siempre está latente. Parece estar constantemente a punto de la erupción en Europa y en el resto del mundo.

El mapamundi del antisemitismo que elabora la Anti-Defamation League —te lo recomiendo, lo puedes encontrar en Google— es un mapa muy bien hecho con porcentajes de antisemitismo. Miden qué apoyo obtienen en cada país una serie de proposiciones antisemitas: «Los judíos tienen demasiado poder», y cosas así. Los números de Oriente Medio son para reírse: 90 % de antisemitas (en Arabia Saudí, Iraq, etc.). No son tan incontrolablemente altos en Rusia: 30 %. En Alemania: 27 %; en Austria: 28 %. Lo más sorprendente es que, en Europa, muy por delante de los demás, está Grecia: 70 %. Este dato sugiere que una crisis económica lleva a la gente a mirar a su alrededor en busca de un enemigo. Pero el siguiente en la lista es Francia: 37 % ¡Francia! Estuve en Francia no hace mucho y la gente dice que el sur ya es fascista. Francia parece siempre estar lista para algo así. Recuerda el caso Dreyfus: dudo que el Estado de Israel hubiera existido sin el caso Dreyfus. Fue la conmoción del caso Dreyfus lo que llevó a los padres del sionismo a la acción.

Pero Hitler es distinto. Ha habido muchos intentos, particularmente entre historiadores alemanes, de mostrar una continuidad entre Stalin y Hitler. «Hitler lo aprendió todo de Stalin, son lo mismo». Y las cifras son ciertamente comparables, pero si uno quiere entender a Stalin no es muy difícil. Basta con ir a Marx, está todo allí. Cuando Stalin apareció y las cosas se pusieron muy violentas, hacia 1930, todo el mundo —incluido Bukharin, el bolchevique hippy— estaba de acuerdo en que no colectivizar la agricultura era equivalente a abandonar el experimento y aburguesarse. Y, como Hitler le dijo a Stalin, diez millones de personas murieron con las colectivizaciones. O piensa en el genocidio de la hambruna en Ucrania, perfectamente comparable al Holocausto en su crueldad. Marx estaba equivocado, ciertamente muy equivocado respecto al comunismo en Rusia, pero a diferencia del marxismo, el hitlerismo no tiene ideología. ¿Qué? ¿El Lebensraum, el espacio vital? Eso es todo. Se trata de una idea del siglo XIX en realidad: la conquista.

La historia de la formación del Estado moderno en Europa es precisamente esa historia de conquista y de dominación de las minorías por parte de las mayorías, a menudo étnicas. El hitlerismo podría ser simplemente el intento alemán de convertirse en lo que Francia devino tras la Revolución francesa.

Ciertamente. La idea de unidad estuvo claramente detrás de todo. También hay alemanes que sostienen que toda la distorsión que acabó en el hitlerismo venía de Bismarck: la unificación de un país que no tenía ninguna necesidad de convertirse en Estado. Realmente fue colonizado por Prusia y esos ducados y principados, pequeños y amables, fueron amordazados hasta convertirlos en un solo Estado, un Estado con el mismo derecho a ser un imperio que el resto. Esa es la gran distorsión, dicen.

Volviendo a La zona de interés, sus editores franceses y alemanes no quisieron publicarla. Confieso que no entiendo la polémica ni el argumento sobre el respeto y los límites del humor. Hay humor en la novela, cierto, pero es un libro serio que hace una pregunta profunda sobre la vida que llevaban los encargados de los campos de extermino, y su capacidad para amar, para enamorarse y para odiar por cosas insignificantes.

Yo tampoco la entiendo, pero tampoco le veo gran cosa. En Francia, por ejemplo, el fin de la relación con Gallimard no fue muy parsimonioso. Fue muy desagradable, una putada. Y no dieron ninguna razón. Los alemanes sí dieron una razón, pero los franceses no. La señora que manda en Gallimard ahora se ha visto forzada a dar explicaciones porque la gente está cuestionándolo. Así que se inventó una razón: dijo que era una novela cliché. Ya, seguro. Cuando los editores dicen que no, especialmente a alguien a quien han estado publicándole libros durante mucho tiempo, es porque no ganan suficiente dinero. Esa es la única razón. No pueden decirlo directamente porque se supone que son editores, con ideales. Así que se inventan una razón o leen mal la novela, como hicieron los alemanes. Los alemanes creyeron que la evolución de Thomson [un personaje central de la novela], de nazi a saboteador, era ambigua. Pero de hecho es muy clara. Simplemente les seguía el rollo a los nazis, hasta que dejó de hacerlo.

Parece que Thomson simplemente se prepara para el futuro cuando ve que Alemania va a perder la guerra.

Sí, bueno, más bien hace lo que puede siguiendo la ideología y dando malos consejos. Dice que el único lenguaje que los judíos entienden es el látigo porque no quiere que la fábrica del campo produzca nada, y esa es la forma segura de hacerlo. Luego, cuando se enamora, siente que debe hacer más. En cualquier caso, no hay ninguna ambigüedad. Así que ni se me pasa por la cabeza que la decisión de no publicarme tenga que ver con la mala conciencia sobre el Holocausto.

En la novela los nazis son todos idiotas. Echo de menos la idea de un nazi esperanzado, sensible, inteligente: un nazi de veinte años en enero de 1933, exultante porque Hitler finalmente ha llegado al poder. ¿Es ese el gran tabú?

Hay novelas con ese tema. Sebastian Haffner, que es alemán y consiguió huir en 1939, escribió un libro sobre el momento en que los nazis llegaron al poder —él era un niño entonces—. Dice que ya no podías confiar en tus sentidos, que todo tenía una apariencia rara y enferma. Que todo parecía estar mal. Y así es como él lo desglosa: un 40 % de alemanes rechazaba a los nazis, algunos realmente odiaban a los nazis; un 20 % los amaba; y el 40 % restante simplemente pensaron: «mantén la cabeza gacha, vamos a salir de esta, todas las cosas pasan». Nunca estuvieron tan cohesionados como los nazis creyeron. Las SS estaban unidas, y las SA también, hasta que las destruyeron, pero eran un núcleo duro de jóvenes adoctrinados de arriba abajo. Cuando la guerra comenzó, hubo muchos jóvenes que dijeron: «Hemos nacido para esto: para morir en esta guerra, para dar nuestras vidas». Ese nihilismo es considerable.

Usted sostiene que la extrema crueldad de los campos de exterminio revela la verdadera naturaleza de cada uno, que hay una verdad que se desvela cuando uno es arrastrado a situaciones extremas.

Un superviviente dijo que en la vida normal, en tiempos de paz, nunca usas más del 10 % de lo que eres. No hay ninguna razón para profundizar en ti mismo. Sin embargo, cuando las cosas son extremas, cuando te metes en lo que un escritor describió como «una situación productora de atrocidades», entonces tienes que hacerte preguntas realmente severas. Durante el Holocausto, para víctima y verdugo por igual, esta era la cuestión: ¿estoy hecho del material humano que puede pasar por esto?

Una de las consecuencias colaterales más inquietantes de leer historia es que siempre te estás preguntando: ¿Y yo qué hubiera hecho? Como inglés sé muy bien que, si hubiera nacido veinte o treinta años antes, habría sentido que esta era una guerra de la que tenía que ser parte. Me habría alistado, habría ofrecido mis servicios.

¿Y si hubiera sido un alemán de dieciocho años en 1933?

Entonces eres como Günter Grass. Él tenía diecisiete años cuando se alistó, hacia el final de la guerra. Es la presión del grupo y el adoctrinamiento. No sé cómo era la vida de Grass, pero ciertamente no fue adoctrinado en sentido contrario en su casa. La presión del grupo es algo asombroso. ¿Has leído el libro Ordinary Men de Christopher Browning?

No, no lo he leído.

Es un libro breve sobre un batallón policial de la reserva que se encargó de muchos asesinatos en Polonia y Rusia —asesinatos de judíos—. Iban de pueblo en pueblo y mataban a todo el mundo. Eso es lo que hacían todo el día. De vez en cuando, alguien se negaba a hacerlo y al poco tiempo le mandaban a otro trabajo. Podían recibir algún codazo en la cola del almuerzo. A lo mejor les llamaban cobardes. Pero eso era todo. Browning señala, en una cita muy útil, que entre los miles de juicios en Alemania y Polonia, no hay ni un solo caso de alguien castigado severamente por no obedecer este tipo de órdenes criminales. Ni uno solo. Todos quisieron dar la impresión de estar obedeciendo órdenes por miedo al castigo. Pues no hay ningún caso que lo pruebe. La presión del grupo fue todo lo que necesitaron: nunca lo descuentes como fuerza. La gente preferirá matar a mujeres y niños todo el día, cada día, antes que vivir con el desprecio de su grupo, antes que recibir codazos en el comedor.

En la novela, los nazis son muy conscientes de que los judíos son seres humanos con dignidad, y no es la deshumanización intelectual lo que les permite matarlos sin piedad, como suele sugerirse. Más bien es a partir de tratarlos con crueldad como los judíos se vuelven bestias y entonces, sí, los nazis pueden decirse: «¡Son bestias! ¡Podemos matarles!».

El ejemplo más claro en la novela de esto que dices es cuando Doll [el comandante del campo] escribe un informe sobre su visita al gueto y dice: mira a esta gentuza, si los dejas solos ni siquiera cuidan a su propia gente. Yo creo que simplemente con los guetos, el pensamiento que hay detrás de los guetos, ya tienes un crimen de guerra de gran envergadura y maldad.

Hannah Arendt se metió en problemas con la comunidad judía por decir (y hay cierta verdad en ello) que los Consejos Judíos de los guetos hicieron posible que el Holocausto siguiera su curso de manera ordenada. Sin embargo, Michael Burleigh, en su nueva historia del Tercer Reich, escribe que si pudieras oír pero no ver lo que ocurría, te daría la impresión de que el líder del Consejo Judío y el líder de los nazis de, pongamos, Loitz, están conversando razonablemente sobre cuotas y sobre a quién le toca ser el siguiente en irse. Pero una vez entras en la habitación, enseguida te percatas de que el líder judío está temblando de horror y odio. El nazi está fumándose un puro, echándole el humo en la cara, exudando desprecio porque sabe que lo tiene bajo su dominio.

O sea que Hannah Arendt se equivocaba.

Era una mujer increíblemente brillante. Era casi demasiado brillante. Tenía una gran mente de abogado. Se le notaba. Aunque también se lio con un nazi [Heidegger].

Es tentador leer Eichmann en Jerusaléni, de Arendt, como un rastro de migas o un juego de pistas para entender cómo pudo enamorarse de un nazi.

¡Exacto! Pero en realidad es un tema colateral. No está presente en sus libros. No es como si te encontraras de pronto con un: «¡Uh! Ahora me mola Heidegger» [ríe]. De todas maneras, la banalidad del mal no ha envejecido bien. Recientemente leí que la describían como «la peor periodista de sucesos de todos los tiempos», porque se tragó la presentación de Eichmann en el juicio de Jerusalén. En realidad Eichmann no era banal de ninguna manera. Llegó a decir: «Saltaré riendo a la tumba porque la idea de tener sobre mi conciencia la muerte de cinco millones de judíos me da especial satisfacción».

Quizás fueran banales al principio, como dijo mi viejo amigo Robert Jay Lifton (autor de The Nazi Doctors). Eso es perfectamente cierto. La mitad lo eran, incluido Hitler, quien podría haber sido un pintor bisexual en algún estudio austríaco de gusto exquisito si hubiera tenido algo más de talento. Rudolf Hess podría haber sido, quizás, un burócrata menor en algún cuartel perdido de Alemania. Pero no fueron banales una vez empezaron. Dejaron de ser banales. Sebastian Haffner dice que nunca fue una ideología, que era el grito del disturbio. El quid era: «Los que pegaríais, robaríais, torturaríais y mataríais a quien nunca os ha hecho ningún mal, venid y uníos a mí. Esa es nuestra raison». Esto no tiene nada de banal.

Como unirse a EI.

Sí, unirse a algo. Haffner dice que es la debilidad alemana. Y Goethe dijo de la naturaleza alemana que es impresionante individualmente, pero increíblemente deprimente en masa. Creo que esta es una gran verdad de los seres humanos. Todos están bien si están solos. Son unos muchachos fantásticos cuando están solos, pero cuando se juntan, en fin, todos, en nuestra experiencia, lo hemos visto y hecho. Yo solía tirarles los sombreros a las viejecitas por la calle cuando estaba con mis colegas; nunca lo hubiera hecho estando solo.

¿Cree que existe el carácter o la naturaleza alemana o inglesa?

Creo que es de locos decir que no existe. A nadie le importa si lo que dices es agradable. Orwell dijo que a los ingleses les gustan las flores. Nadie podría objetarle nada. «Los irlandeses son grandes conversadores». Lo son. Nunca he conocido a un irlandés que no hable bien. Pero a la que es algo negativo, tolerancia cero.

Por eso lo pregunto. Es una forma controvertida de describir el mundo.

Claro, pero claramente hay características nacionales. Sería muy raro que no las hubiera. Tal y como lo cuenta Sebastian Haffner, los alemanes eran una nación de poetas y filósofos, hasta que se convirtieron en un Estado-nación, algo que no eran. De ahí que siempre estuvieran insistiendo en lo de ser una comunidad orgánica, porque es lo que no tenían. Demasiados alemanes, novelistas además, han dicho que sienten el deseo fatal de ser una comunidad. Los alemanes, parece, son muy susceptibles a eso. Pero habla con cualquier ruso y te dirá que el gran tormento del alma rusa es no saber hasta qué punto son europeos y hasta qué punto son tártaros, del este. Así que sí, hay características nacionales, aunque sean negativas.

Cuando su hermana murió, usted dijo que fue víctima de la revolución sexual (de la que habla en la novela La viuda embarazada). Fue aplastada, dijo, por las presiones a las que las mujeres se han visto sometidas desde que la idea del sexo antes del matrimonio se convirtió en la norma. ¿Cree que las mujeres sufren las secuelas de la revolución sexual? ¿Y los hombres?

No, no: yo creo que ha sido algo fantástico para las mujeres. Ha sido fantástico para todo el mundo. Pero no hay revoluciones sin bajas. Hubo mujeres que probaron la liberación y no les gustó, y se retiraron a sus vidas burguesas…

¿No fue la revolución sexual una revolución burguesa?

Acabó siéndolo, pero al principio fue algo radical. En cualquier caso, la mayoría de las mujeres encontraron su camino, dijeron: «no me gusta esto, me gusta aquello», y simplemente se crearon un modus vivendi a su medida en la nueva realidad. Sin embargo, hubo mujeres como mi hermana que no pudieron soportar la libertad. Una de las principales razones por las que incluí esa suerte de tema islámico en La viuda embarazada es la convicción de que es el único tipo de régimen cultural contra el que mi hermana no habría tenido que luchar tanto. Podría haber vivido con esas reglas. Cualquier libertad era demasiado para ella. En lo que a mí se refiere, nunca fui un contrarrevolucionario. Fue asombroso, sorprendente, extraordinario lo rápido que cambió todo. Fue una revolución auténtica.

Ha dicho: «La edad diluye a los escritores. El peor de todos los destinos trágicos es perder la habilidad de impartir vida a tus creaciones (tus creaciones, en otras palabras, ya nacen muertas)». ¿Se está usted diluyendo con la edad?

¿Me estoy diluyendo con la edad? ¡Argh! Todavía no. En este momento, he escrito ciento cincuenta mil palabras de una novela autobiográfica. En realidad no es sobre mí, es sobre ciertos escritores, amigos, gente que conocí. Sí que siento que está como desbravado en el sentido de que estoy escribiendo sobre la vida. Es ese nuevo género que llaman literatura sobre la vida. ¿Has oído hablar de él? [Ríe].

Me suena, sí [río].

Pues eso. Bueno, Saul Bellow es muy interesante en este sentido, como en tantos otros. Él tomaba personas directamente de la vida real y las ponía en la página sin alterar nada. Algunos de sus mejores amigos tuvieron que firmar documentos comprometiéndose a no denunciarle. Nunca estuvo muy interesado en lo que creo que es la responsabilidad de la novela con la forma. Se ha dicho de las novelas sobre Auschwitz que o bien no son sobre Auschwitz o bien no son novelas. Algo hay de cierto ahí, creo. Normalmente no son novelas. Hay algo en Auschwitz que se resiste a la forma de la novela. Cuando tuve la idea para La zona de interés supe que sería una novela. Quizás no sea sobre Auschwitz, pero es una novela. Tampoco es que tuviera una necesidad acuciante de desahogarme sobre Auschwitz porque ya había escrito una novela sobre el Holocausto.

La flecha del tiempo. Es, creo, la más esperanzadora de sus novelas. La narrativa va hacia atrás en el tiempo y el Holocausto se transforma en una historia de curación en lugar de una historia de destrucción. La guerra se convierte en un proyecto europeo: usar sus ruinas para fabricar judíos.

[Ríe] Sí, convocarlos de las cenizas. Pero es esperanzadora en un sentido terrible. Funciona porque la flecha del tiempo es la flecha de la moralidad, curiosamente con una consistencia del 100 %. Hazlo correr para atrás en el tiempo y un moralista se tornará un inmoral y viceversa.

En cualquier caso, lo que sentí cuando estaba empezando a escribir La zona de interés fue que sería una novela, y con esto quiero decir que tenía que ser muy coherente, que todas las escenas que no contribuyeran de alguna manera al tema central serían cortadas.

Cuando te preguntas si cortar o no, siempre se trata de lo mismo: ¿tiene que ver con el tema central? Si no, o si albergas dudas al respecto, se elimina. Si tienes tus dudas, pero tiene que ver con el tema central, entonces se queda y arreglas lo que sea que está mal. Las imágenes serán coherentes, habrá un sistema de imágenes. Todo esto va con la novela, en mi opinión. Infliges gran violencia a las cosas para darles la forma correcta para una novela. A Saul Below nunca le interesó todo esto.

 

Así que, dado que el libro en el que está trabajando es autobiográfico…

 

Son unas memorias de ficción. De ficción. Insisto en ello porque la ficción te da libertad, te puedes inventar cosas.

Pero el uso de material autobiográfico, ¿es una retirada por su parte?

Sí, pero cuando termine con esto —que me va a llevar unos seis meses más— entonces quiero escribir algo sobre la cuestión racial en Norteamérica.

¿Ha cambiado su opinión sobre el racismo desde que se mudó a Nueva York?

Viví un año en Estados Unidos cuando tenía nueve años, mi mujer es norteamericana, y mi primera mujer es norteamericana. Cuatro de mis cinco hijos son medio americanos. Mi madre vivió muchos años en Estados Unidos. Pero cuando vienes a vivir aquí —llevo cuatro años ahora—, las cosas que ignoras con un gesto de los hombros —«Ah, América es así»— ya no puedes ignorarlas más. Te das cuenta de qué lugar más históricamente cruel es este. Un país increíblemente cruel. Hacen muy buen trabajo manteniéndolo bajo control, pero la profundidad de la crueldad necesaria para la esclavitud, y luego un siglo entero tras la guerra civil, cuando simplemente encontraron la manera de mantener la esclavitud con otra forma… En fin. Como dice el último libro de Michelle Alexander, The New Jim Crow: «La solución más reciente al problema de los negros es encerrarlos a todos, encarcelamiento masivo».

Al principio del mandato, usted dijo: «Un excelente escritor en la Casa Blanca: amo a Obama».

Es maravilloso tener a un escritor en la Casa Blanca. Y es un buen escritor además. Es bueno rítmicamente, el mejor desde Lincoln. Dicen que hacia el final de su primer mandato, Obama sufrió una depresión clínica, y que no podía medicarse porque el historial médico del presidente es público. Es posible que así fuera. Se le veía tan claramente frustrado, no conseguía aprobar nada. Ahora está teniendo un par de años muy buenos, el tío está que se sale: el matrimonio gay, el acuerdo con Irán, cuando cantó «Amazing Grace», la reforma sanitaria. Algún tipo de control de las armas de fuego sería un gran final, porque lo de las armas es algo realmente idiota que tienen aquí. Pero mi teoría es que tener un presidente negro ha empeorado la cuestión racial.

¿Empeorado?

En el buen sentido: la ha visibilizado. Ahora hay una conversación en curso, antes no. La ha empeorado porque el más despreciable de los palurdos siempre podía decirse a sí mismo: «Soy mejor que esos putos negros que viven allá abajo». Ahora ya no pueden decirlo. El día que Obama fue elegido, algunos se dijeron: «Bueno, si un puto negro puede ser presidente, entonces Jimmy puede tomarse otro trago». Pero si un puto negro puede ser presidente es algo brutal para América. Obama está muy seguro de sí mismo, es inteligente, tiene una gran educación, y ya no pueden decir: «Soy mejor que todos los negros de América», que es lo que antes decían. Así que ciertamente su presidencia ha exacerbado las cosas. Es un momento muy interesante para vivir aquí.

¿Qué piensa de Donald Trump?

Es la era de la personalidad, no de las políticas. Trump se ha beneficiado de ello. Si lo hace conscientemente no lo sé. Ha perdido la cabeza. ¿Le has visto últimamente en alguna entrevista? No puede parar de hablar. Ha perdido un tornillo. Es un megalomaníaco; siempre lo ha sido, pero ahora lo es a nivel nacional. Nos está mostrando la ruina del partido republicano, un partido noble que nació a mitad del siglo XXI contra la esclavitud y, mira ahora, todos son horribles.

De niño, con Franco aún coleando, vivió unos meses en Sóller, Mallorca. Iba al colegio en Palma. En sus memorias parece más preocupado por su paisaje interior —la separación de sus padres— que por el paisaje exterior. ¿Tiene recuerdos de Mallorca?

Hemos ido a Mallorca este verano y fuimos a Sóller. Está todo muy cambiado. Recuerdo, eso sí, a la Guardia Civil con metralletas diciendo a las chicas que no podían ir en bikini. Además, mi madre vivió en Ronda muchos años y dos de mis hermanos todavía viven allí. Fue allí donde tomé más conciencia de la presencia de la dictadura. En Mallorca iba a una escuela internacional y para mi hermano mayor y para mí, dos chavales extranjeros, había un margen de libertad que no teníamos en Inglaterra. Recuerdo que me gustaba meterme en los vagones de tercera clase del tren porque allí podías ver a mujeres amamantando a sus bebés. Increíble [ríe]. España es mi segundo país europeo. Mi hermana fue a una escuela local y aprendió español. El que fue marido de mi madre durante muchos años tenía un español fluido. Y mi hermano, el que vive en Ronda, prefiere hablar español a inglés. El inglés le da mucho trabajo y cuando se relaja habla en español.

¿Está al caso de la literatura, la cultura o la política españolas?

No sigo ninguna literatura extranjera porque no hablo la lengua. Es una especie de superstición, siento que no sacas mucho de las traducciones. Algunos escritores se traducen fácilmente, como Kafka, por ejemplo. Tolstoi parece traducirse con gran pureza. Dostoievski, en cambio, sé que sería mucho más divertido si no fuera por esa traducción victoriana tan tradicional. A veces leo literatura traducida, pero como un deber, a ver si saco ideas. Nunca por placer. Leer traducciones es como mirar la fotografía de un cuadro.

De la política solo soy consciente del separatismo en Barcelona. Es imposible ir a Barcelona y no darse cuenta.