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Los narradores

 

 

Historias de amor

Pascale García-Abalos Rey                                                                             

     Se odiaron nada más verse. En el mismo instante en que les presentaron, sintieron aversión el uno por el otro. Así que él no pudo resistir el impulso de invitarla a cenar. Como, ya de entrada, él le había resultado repulsivo, ella cedió a la tentación y aceptó. En los meses siguientes se vieron muy a menudo, y cada vez se odiaban más, así que decidieron casarse.

   Ahora llevan varios años juntos y se odian más que nunca. Discuten continuamente y, mientras lo hacen, él la sienta sobre sus rodillas y ella le acaricia suavemente la cara.

                                                                            

   Habían estado juntos desde siempre. Compartía con su sombra todas sus preocupaciones y ella siempre le aconsejaba adecuadamente. Aunque a veces disentían, siempre llegaban a un acuerdo. Pero un día discutieron: él quería acortar camino por un callejón y ella quería ir por la gran avenida iluminada. Le acusó de avergonzarse de ella, le echó en cara que quisiera esconderla. Hizo valer su voluntad y la arrastró tras él por el callejón. Desde entonces le hacía la vida insoportable. No sólo no le dirigía la palabra, sino que además le hacía pequeñas trastadas: desaparecía cuando menos se lo esperaba y aparecía cuando no debía. Últimamente, incluso, se había vuelto un poco agresiva: le ponía la zancadilla o le daba capones cuando estaba distraído. Intentó reconciliarse, pero no hubo forma. Esta noche no quería salir, porque ahora le tiene un poco de miedo, pero le han llamado por una urgencia y no le queda más remedio. Al llegar a la esquina, justo donde está la farola, ve de reojo un movimiento brusco. Antes de que pueda reaccionar, su sombra le golpea en la cabeza y sale corriendo.

 

 Los agujeros de María

Fernando Molero Campos

         Aquella mañana, al despertar, María sintió una extraña sensación de levedad y vacío. No se encontraba mal pero notaba que algo le faltaba, como si durante la noche, en el viaje del sueño, le hubiera robado un trozo de materia que no había podido recuperar al volver. Empezó a tocarse, a recorrer con manos y ojos su cara, sus piernas (aún ocultas bajo el pijama), su sexo, su espalda, buscando sin saber qué, o tal vez, reconociéndose. Ninguna aparente ausencia encontró en el carnal recorrido. ¿Qué le pasaba entonces? ¿Por qué tenía aquella pequeña sensación de ingravidez? Bajó sus pies de la cama para levantarse cuando sus ojos se clavaron en el ombligo, en lo que antes era su ombligo, pues donde había estado aquel pequeño cráter carnoso sólo existía un agujero que traspasaba su cuerpo de parte a parte. Sintió náuseas. Volvió a recoger sus piernas y miró el vacío que se había hecho en su cuerpo. ¿Cómo era posible? No sentía dolor alguno, y la perfección del agujero era tal que el mejor de los cirujanos jamás hubiera podido hacer un hueco con tanta habilidad. Cogió un bolígrafo de su mesa de estudio y adoptando una singular posición en la que sólo apoyaba manos y pies sobre la sábana en la que se reflejaba su blanca espalda lo introdujo por el orificio, atravesándolo sin que sintiera nada. El bolígrafo rebotó juguetón sobre la cama y cayó al suelo. ¿Cómo había podido ocurrir? Pensó salir, decírselo a alguien. Pero no lo hizo. Igual que  había aparecido debía desvanecerse.

   El tiempo fue pasando absurdamente. María seguía haciendo una vida normal, la que ella creía que le gustaba. Cada vez más alejada, nuevos agujeros fueron descubriéndose en su cuerpo joven. Al principio eran pequeños, uno en una pierna, otro en una uña del pie, en el hombro... Fue acostumbrándose a vivir con ellos, aunque a veces le daba miedo que alguien pudiera descubrirlos. Algunas veces incluso parecía que aquellos tubos de vacío se rellenaban de algo, pero ella no sabía de qué.

   Las lagunas fueron creciendo por todo su cuerpo como horizontales pozos de silencio. Ocultarlos ya, resultaba difícil. Aquellas grandes ausencias de sus senos, en las que cabían puños de niños, no podrían ser acariciados jamás, ni serían nunca surtidores de vida. Su sexo había sido penetrado por un terrible agujero vertical que se bifurcaba en algún lugar de su interior y salía en dos direcciones: una por el vientre; la otra cercenaba de vacío la columna vertebral. No podía con la angustia, que no dolor, aquellas cada vez más crecientes aberturas. Y los demás, ¿estarían cubiertos también de circulares poros?

 Cubrió todo su cuerpo para que ni el menor indicio hiciera sospechar a la gente lo que le estaba ocurriendo. Se puso uno de esos sujeadores duros que hacen resaltar los pechos de las mujeres, unos calcetines altos, ocultos por un ceñido pantalón que cubría el pijama que llevaba debajo, una camiseta sobre la que iba una camisa acompañada de un sólido jersey, guantes de oscura lana cubrían sus ya casi desaparecidas manos y una bufanda enrollaba su agujereado cuello. Salió a la calle siguiendo una dirección indeterminada. Era primavera. Sentía calor incluso en la deshabitada parte de su organismo. Todos la miraban asombrados. Observaba a los que se cruzaban con ella, a los que estaban sentados en los sillones del parque, a los que miraban abstraídos los escaparates, a los que trabajaban tras enormes cristales, a hombres, mujeres y niños, pero no logró encontrar nada que pudiera hacerle pensar que aquellos otros cuerpos, como el suyo, estuvieran atravesados de agujeros. Tal vez se tratara de una nueva enfermedad, como el sida, que hasta ahora sólo a ella le había atacado.

  María se entristeció aún más. ¿A quién contarle lo que le estaba ocurriendo? Quiso gritar, pero se dio cuenta de que su lengua había desaparecido, que su boca había sido ensartada por un cañonazo de silencio. El ruido de la ciudad llamaba dolorosamente a sus oídos. Con sus guantes quiso taparlos y comprobó que le faltaban las orejas, y con los dedos de su mano izquierda podía tocar, a través de su cabeza, los de su mano derecha.

  No podía resistirlo más. El miedo calaba la ropa que cubría su ya escasa carnosidad, se colaba frío por aquellas entradas, salía, recorría como lasciva serpiente los meatos de su sexo, de su vientre, de sus senos,... Salió corriendo. En su alocada carrera no prestaba atención... hasta que llegó a su casa. Su frente sudaba. Sus ojos lloraban. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Era una pesadilla?  Comenzó a desnudarse hasta que su cuerpo de agujeros y carne quedó al descubierto. Ya sólo era el esquema de un absurdo rompecabezas en descomposición. Sus diferentes partes estaban unidas por pequeños y carnosos hilos que se iban diluyendo silenciosa, tranquilamente. Se fue a la cama esperando el momento de su completa desaparición. ¿Verán los demás? Miraba como se difuminaba su cuerpo todavía joven entre las revueltas sábanas de su desierta playa. Había partes que se resignaban a perderse, pero eso poco importaba ya. Se levantó y fue al baño. Se miró en el espejo. Ya no se reconocía. Su rostro se diluía. Una no mirada perforaba su ojo izquierdo. Sólo el ojo derecho permanecía aún intacto. El reflejo se proyectó en él y María comprendió que pronto sólo quedaría de ella un desconocido vacío. La única órbita vagó por el espacio del baño a la cama, hasta que llegó a ella y segundos antes de postrarse para siempre en aquel tálamo, dejó caer una lágrima que se clavó líquidamente cierta entre los pliegues de la desierta sábana. Luego desapareció.

                                                          

Lobo

Silvia Pérez-Muelas López

  Cada noche entras en mi habitación.

  Te traes a algún amigo o amiga y hablamos los tres... Bueno, más bien los dos. Yo suelo escuchar porque me da miedo meter la pata y romper ese momento especial. Escucho a uno, a otro, sonrío, sigo la música... Y cuando dejáis de hablar me hundo en mis cavilaciones sobre todo lo que he oído, todo lo que he aprendido y pienso en los puntos donde estamos de acuerdo y los que discrepamos. Pienso en cómo podría expresaros a tí y a tu acompañante lo que yo pienso. Pero nunca escucháis. Sólo os oigo yo.

Mientras yo me encuentro en este momento de duermevela, el único momento del día en que las cosas parecen claras, muy sutilmente haces que quien ha venido contigo, se vaya.

Dejas a tu perro en la puerta, vigilando. No quieres que nadie te interrumpa. Con cuidado, me acompañas hasta detrás de la colina, donde podemos estar solos. Tú ser tú y yo ser yo, sin que nadie nos censure nuestras pequeñas locuras. Preparas el terreno y yo te dejo hacer, como en un sueño. Me tumbas, me desnudas mentalmente...

Procuras que esté cómoda para que no me percate de lo que se avecina. Y lo consigues porque no sé lo que te propones hasta que hundes tus colmillos y tus garras de lobo en mis entrañas, hasta donde duele tanto que no puedo ni reaccionar y no sé distinguir el dolor del placer.

Suelto un profundo gemido, medio ahogado por la sorpresa y el goce.

Me retuerzo, pero apenas logro moverme porque tus misteriosos lazos me tienen atrapada.

Así que sigo inmovilizada sin decir palabras por miedo a que huyas despavorido.

Sigues destrozándome por dentro. Tu lengua entra por todos los orificios de mi cuerpo, incluso por los que has hecho tú con tus armas de lobo.

Juntos saboreamos mi sangre. Fuerzas tus labios mojados de rojo en los míos para que yo sea consciente de mi propia vida y dolor.

Abro los ojos y sólo veo oscuridad.

El éxtasis de dolor que produces dentro de mí es lo único que me asegura que estoy viva. Y no lo niegues, ese éxtasis de dolor te gusta y te hace más fuerte. Por eso vuelves a atacar con más fuerza.

Vuelvo a cerrar los ojos y dejo que sigas provocándome oleadas... ¡Hasta llegar al clímax!

Entonces te vas. Y me dejas.

Cuando logro calmarme, y mientras me duermo por fin, me pregunto ¿por qué seguiré dejando la puerta abierta cada noche?

  

La gruta del placer

David Roas

Narciso adoraba fabricar pelusillas en su ombligo. Esas pequeñas bolitas que parecen sugir de la nada entre los recovecos de ese extraño adorno de nuestro vientre, le volvían loco. Y Narciso, además de desvivirse por fabricarlas (era de envidiar el alborozo con que cada mañana recibía el descubrimiento de aquel diminuto amasijo de desechos textiles y humanos), las coleccionaba desde hacía más de veinte años.

Sin embargo, Narciso no era feliz. El metro cúbico del preciado material que había logrado reunir en todos esos años ( y que guardaba celosamente en un viejo arcón, legado por su abuelo), le parecía una cantidad insuficiente, ridícula y día a día notaba con creciente desesperación un irreprimible sentimiento de fracaso. Era evidente que necesitaba producir más. Pero la fabricación de pelusillas ombligales (si se me permite el neologismo) seguía siendo demasiado lenta y escasa.

Tras mucho pensar, Narciso ideó un plan. Cada noche, y con las más impensables excusas ante su sorprendida mujer, probaba diferentes tipos de pijama y camisetas, en busca de la prenda que soltase más borra (lo que debía producir una mayor cantidad de pelusilla que fuese a parar a su ombligo). Pero el resultado, después de la consabida y placentera extracción matinal, era siempre el mismo: una pequeña bolita que podía ocultar entre las yemas de sus dedos pulgar e índice, y nada más.

Fue entonces cuando pensó en su mujer. Amelia no sabía nada de la insólita afición de su marido (éste le había prohibido abrir el viejo arcón del abuelo) y no se esperaba lo que sucedió aquella mañana. Poco después del amanecer, se despertó sobresaltada al notar una extraña sensación sobre su vientre. Al principio, creyó que Narciso se había despertado juguetón, como sucedía en sus primeros años de casados, pero cuando levantó las sábanas y le vio hurgando en su ombligo, se asustó. Y después de preguntarle el motivo de todo aquello se asustó más. Pero Amelia era una mujer comprensiva y enamorada y, después de analizar la situación, decidió darle a su marido lo que buscaba.

Desde entonces, Amelia, después de echar en el arcón su propia producción matinal, ayuda a Narciso con la difícil extracción de la pelusilla que almacenan los pequeños ombligos de sus tres hijos.