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Los narradores

 

 

LA MIRADA

Antonio Almansa Rodríguez

 

Cuando vas a morir no hace falta que te lo anuncie nadie. Ni médicos ni familiares. Tú lo sabes. Y yo lo presentí cuando estaba sentado en un taburete, con mi codo izquierdo apoyado en la barra de la cafetería Miami, en los impares de la calle Carranza. Llegué allí después de atravesar una tarde plomiza, aburrida, de ésas en las que parece que no interesas a nadie y tú no te fijas en nada.

Cuando apuraba mi segundo té, ella entró y vino a sentarse dos taburetes más allá del mío, donde comenzaba a curvarse la barra, cerca de la caja registradora. Sus movimientos evidenciaban la soltura sin excesos que tienen las personas seguras de sí, mezclada con una elegancia envidiable que no precisaba esfuerzo para fascinar. Vestía un traje de piel vuelta, azul marino, con la chaqueta algo más baja que la cintura y falda de tubo un palmo por encima de las rodillas. Cruzó las piernas al tiempo que pedía un café con leche.  Después, usando los dedos abiertos como un peine vivo cambió, de un solo gesto, la caída de su pelo rubio hacia el lado opuesto en el que estaba. Puso una mano sobre otra, enlazándolas íntimamente, y las apoyó sobre su pierna cruzada.  Mientras esperaba su café con leche, le dio tiempo a mirar algo en el techo.También se vio a sí misma durante unos instantes en la luna que decoraba la pared, detrás de la barra y, después, me miró a mí. Se quedó así todo el tiempo.

Yo aparté mis ojos al sentirme descubierto en plena observación.  Acomodé mi nerviosismo en el taburete ensayando otra postura y, huidizamente, de reojo, volví a mirarla.  Ella insistía con sus ojos decididos, verdes, fijos en míLa situación no me permitía reducir el desconcierto y aún menos aparentar la naturalidad fingida que necesitamos algunos hombres para solventar los imprevistos.

Había transcurrido una hora, o quizá más, desde que el destino sentó a la rubia cerca de mí y, a pesar de tener unas ganas imperiosas de ir al servicio para orinar, deseché inmediatamente la idea por no cortar la fijeza que hilvanaba sus ojos a los míos. La intensidad de su vista me provocaba un placer que yo nunca había disfrutado. ¿Qué querría de mí? ¿Acaso estaba despertando algún interés sensual en ella? ¿O quizá estaba descansando su atención, sirviéndola yo de objeto, mientras meditaba en cosas más importantes? Habrían sido imprescindibles algunas reflexiones que me aclararan tanta dificultad inesperada, pero la rectitud de su mirada, sus imperturbables ojos sin pestañear, lo hacían imposible.

Por otra parte, yo no podía cambiar mi postura.  Ya antes había intentado estirar las piernas, hasta el escalón de mármol bajo la barra, pero en esa posición el pis se me salía sin posibilidad de control alguno. En caso de optar por cruzarlas, el resultado era peor; un dolor insufrible, vejiga arriba, me hacía temblar y sentir escalofríos, como en los malos momentos de una enfermedad.

Me mantuve como estaba. Ella no había probado su café, seguramente destemplado, y continuaba regalándome la mejor mirada de mi historia, la que con más persistencia me habían dedicado. Y aunque la cortesía nunca hasta entonces me obligó a tanto, no estaba dispuesto a rendirme. En ese momento, me di cuenta de que algo me estallaba por dentro.  La vejiga, como un planeta roto, reventaba contra el mundo oscuro de mi cuerpo. Noté que los intestinos, el estómago y otras entrañas, despedazadas, nadaban por mi interior como en una acequia de orín. Por el sabor, supe que iba a vomitar sangre. Incluso me llegó hasta los dientes. Pero, ante la mirada atenta de aquella mujer, me pareció una incorrección inaceptable por mi parte; la tragué de una sola vez y limpié, con una servilleta de papel, un resto chorreado en la barbilla.

En la ambulancia comprendí que me moría. Oí cómo los dos enfermeros se quejaban del mal olor y decidían taparse las caras con unas mascarillas.

- Este tipo ha reventado. Parece mentira que pudiera retener tanto meao -dijo uno de ellos.

Yo habría muerto hechizado y conforme, después de haber sentido la mirada de aquella rubia elegante, si no hubiera escuchado comentar al otro enfermero:

-Mueren dos a la vez, la misma tarde y en la misma cafetería. ¿Viste a la mujer? ¡Menudo infarto!  Se quedó tiesa en el taburete. Estuvo dos horas en la misma postura, sin caerse.

Todavía alcancé a pensar que debíamos haber hablado. Empezar por preguntarnos la hora o algo así. Conversar siempre alivia y a lo mejor ahora podríamos estar bailando en Pachá. No lo sé. Ya no me queda tiempo para saber nada.  Cuando vas a morir no hace falta que te lo anuncie nadie.  Tú te das cuenta.

 

EFÍMERA ILUSIÓN

Mónica Castagnini

 

Saliste del coche ysólo en ese momento calculaste la posibilidad de que no estuviera en el lugar donde la viste por última vez. Apuras hasta el último momento para hacer las cosas, ¿eh?

¿Y por qué no?, siempre se llega a todo.

Algún día tendrás una sorpresa. Hoy es viernes, son las siete de la tarde y estás en el centro de Madrid, no es raro que después de dar vueltas aparques de cualquier manera en un rincón apartado. ¿Qué esperabas, que te hicieran un hueco en la misma puerta? 

Es igual, seguro que por aquí no pasa la grúa.

Te cruzas con una mujer ebria ygrotesca.  Coges un atajo yvas por un callejón al que dan las puertas traseras de algunos almacenes, está lleno de cajas vacías ybolsas con basura. Un fuerte olor a orín se adhiere pegajoso a tu nariz. Pasa un gato corriendo y te asustas más que él.  Vas inquieto y varias veces te giras.  Confiésalo, eres bastante gallina.

No me des la lata, ¿quieres?

Ha empezado a chispear, apuras el paso.  Diez minutos después te quedas petrificado frente al escaparate del anticuario.

¡No está! ¡No puede ser!

Hasta hace una semana, allí había expuesta una cómoda con filigranas de marquetería. Recuerdas que de uno de los cajones inferiores asomaban unas sábanas de hilo "bordadas entre las ilusiones de una muchacha y los suspiros de alguna tía rancia", comentó Mar aquel domingo que te hizo pasar tres veces por la tienda. Más arriba, uno de los cajones pequeños parecía a punto de engullir a Carita de porcelana, la muñeca con piernas de estopa.  Con sus huérfanos ojitos de cristal buscaba entre los transeúntes alguien que la rescatara. Y Mar, cómo no, se enamoró de ella.  Diste un empujón a la puerta yuna mirada celeste se elevó por encima de sus gafas clavándose en ti. Eres muy prepotente, ¿lo sabías?  Creo que debes disculparte.

-Buenas tardes, quiero hacerle una pregunta. ¿La cómoda que estaba en el escaparate ... ?

-Se ha vendido.  Espere un momento, atiendo a esta señora yestoy con usted.  Ni lo escuchas, tú vas a la tuya.

Déjame en paz.

- Oiga, ¿yla muñeca?

-No, la muñeca no.  Debe estar por ahí atrás.

Está irritado, ¿lo notas?  Te aconsejo que no abras tu bocaza hasta que él pueda atenderte.

¡Bah! me tiene sin cuidado lo que él piense. Lo único que le interesa es vender.  No debe tener clientes todos los días.

Afanoso buscas entre muebles sin acomodar. Y por fin, la encuentras.  Descansando, con los párpados cerrados, en una silla tapizada con tela de gobelinos.  La levantas y abre los ojos, piensas que te sonríe.

¡Te lo dije!, siempre se llega a todo.

Con la muñeca envuelta en un papel madera sales a la calle.  La lluvia te obliga casi a correr. No te importa, estás feliz.  Piensas en la cara que pondrá Mar cuando mañana abra su regalo yencuentre a Carita de porcelana.  Con fastidio te vuelves a meter en el callejón. De pronto oyes un ruido seco yun gemido.  Dos hombres están agrediendo a un tercero. El pánico te invade yte refugias en el contramarco de una puerta. Contienes la respiración, oyes al hombre caído pidiendo ayuda mientras le patean el estómago, la cara... ytú tiemblas. Y rezas.  Los dos agresores pasan corriendo delante de ti. Te aplastas contra la puerta.  Desaparecen. El corazón te atraviesa la piel, te agitas, estás empapado.  Como si fueras una sombra te acercas al hombre caído. Te inclinas.  Dejas el paquete con Carita de porcelana a un lado e intentas levantarlo. Tiene los ojos abiertos.  Atónito ves que te estás manchando de sangre.

¡Le han apuñalado! ¡Dios mío... ! ¡Está muerto!

Horrorizado lo dejas caer y te levantas como un resorte. Y huyes.  El eco de tus pasos en la carrera yla lluvia golpeando en los cubos de metal, es lo último que oye Carita de porcelana. El envoltorio se ha deshecho y el vestido se tiñe de sangre. Sus ojitos huérfanos quedan abiertos como los del pobre infeliz que yace a su lado.

 

                            

MALA CONCIENCIA

 Jesús Mª Rodríguez Ojeda

  

Corre, chico, corre; no mires atrás.  Eres culpable de un crimen.  Has apuñalado a un joven cuyo único delito ha sido mirarte a la cara.  Sigue corriendo, chico; eres un asesino.  Por tu culpa, mañana habrá dolor en un hogar hasta ahora tranquilo.  Por tu culpa, un joven vigoroso yace muerto allí detrás.  Corre, corre, corre.

Tranquilo, chico, ya estás lejos.  Recapacita un momento; tú y yo sabemos quién es el culpable de ser como eres.  Sí, tu padre; el responsable de tus actos.  Piensa, piensa un instante por qué te digo esto. Eso es, lo has comprendido: su mala leche te ha envenado. Escúchame, chico, esto es lo que harás: cuando llegues a casa, provócale; ya sabes lo irritable que es, siempre está a la que salta. ¿Llevas aún la navaja? Bien, déjala donde está.

Abre la puerta. Entra como si no pasara nada, que no sospechen lo que eres. Mírale tumbado en el sofa, engordando su tripa.  Es un vago, un borracho.  Mira todas esas latas de cerveza esparcidas por el suelo, es un cerdo.  Provócale, chico; ve y provócale. Coge el mando a distancia del televisor, cambia de canal; ya sabes lo mucho que detesta que le cambien su programa favorito.

Eso es, chico. Escucha sus gritos, observa sus odiosos ojos; su cara se ha transformado de ira. Dile que no te grite, verás como explota. ¿Ves como tengo razón?

¡Cuidado, chico, se avalanza sobre ti!  Ahora, ahora es el momento. Saca la navaja. Defiéndete. Clávasela donde más duele.  Así chico, así; ensáñate con él. Golpea, golpea. No escuches a tu madre, que te pide que pares. Libérala de las palizas, de los insultos. En el fondo de su corazón te lo estará agradeciendo durante el resto de su vida. Basta, chico, basta; ¡todo ha terminado!

Mira su sangre, comienza a manchar la moqueta. Sal de aquí, vamos.  Despídete de tu madre, puede que esta sea la última vez que la veas. Está llorando por ti.

Cuidado con las escaleras, no vayas a caer rodando. ¿Por qué lloras ahora? ¡Ah, eres débil!  Sécate las lagrimas, vamos, que no te vean llorar.  Muy bien, eso está mejor; vuelves a ser el mismo. ¿Cómo que qué vas a hacer ahora? Pues buscar ayuda; tienes amigos, ¿no?

Mira, chico, estás de suerte, por ahí viene tu mejor amigo. Tú le tapaste sus agujeros negros cuando te lo pidió; así que no te podrá negar su ayuda.  Acércate a él, abrázale como tu amigo que es. ¡Cuidado, chico, esquiva la na-

vaja!

Tus ojos no quieren creer que te han traicionado, pero así es. Mírate, estás sangrando. Tus manos rojas te hacen más daño que la herida del pecho.  Te caes, no puedes agarrarte a nada; la estocada es mortal.  Te mueres, chico.

¡Lo siento; de veras que lo siento!

Pero, rápido, busca en tu mente una explicación para todo esto; una explicación que dé sentido a lo que fue tu vida, tu corta y dura vida.  Date prisa, tu corazón parece un tambor y está desafinando. No la encuentras, ¿verdad?  Déjame decirte una última cosa antes de separarnos para siempre: si durante ventitres años no has conseguido encontrar esa pequeña explicación que te pido, no pretendas encontrarla ahora que tu vida ha terminado. No supiste vivir, no supiste morir.

Corre, muchacho, corre; no mires atrás. Has matado a tu mejor amigo; sabia demasiado.  Corre, corre...

 

 

DOS RELATOS SUPUESTAMENTE ABSURDOS

Juan Ramón Maza Acebo

 

I

La invité a salir y aceptó. No era guapa. Pero me gustaba.

-¿Te gusta el cine? -le pregunté.

-No.

-¿Y bailar?

-Tampoco.

-¿Qué te gusta? -la miré.

-Nada -me contestó.

-¿Te gusto yo?

-No.

-Entonces, ¿por qué has aceptado mi invitación? -me sorprendí.

-Porque eres el único que me lo ha pedido -me confesó.

La tarde languidecía. Ella miraba el horizonte, la lenta agonía del sol.

-Pues tú a mí sí que me gustas -le declaré.

-Gracias -me sonrió ella.

Yo también sonreí.

Al día siguiente se negó a salir conmigo; y por más que insistí, no lo volvió a hacer nunca jamás.

Entonces comprendí que estaba enamorada de mí.

 

II

-Oiga.

-¿Dígame joven?

-Me gusta su esposa -le confesé.

-¿Qué es lo que más le gusta de ella?

Yo me quedé pensativo.

-Me gusta todo.

-¿Todo? -puso cara de asombro el hombre.

-Sí.

-¿Es usted su amante?

-Aún no he tenido ese placer.

-¿Cuándo la conoció?

-No la conozco, señor. Mas espero que no me la presente. Si lo hace, dejará de gustarme. Sólo me gustan las mujeres que no conozco.

-Qué extraño es el mundo -comentó el hombre, observándome fijamente.

-Más lo son las personas -sonreí yo.

 

PASÓ A LAS CUATRO DE LA TARDE

Marga Iriarte

 

Esperé a ver si se repetía de nuevo.  Me hice la distraída, simulaba que miraba un escaparate, cuando en realidad, no le quitaba ojo a aquel hombre. ¿Por qué lo había hecho? Quizás era una venganza, alguien que le había perjudicado y que él castigaba de esa manera tan pueril. No había duda, era un tipo serio. No parecía vagabundo, ni loco. Era un hombre con buen aspecto, bien vestido; el traje de verano de color claro le daba un aire de veraneante de otros tiempos. Procuré que no me viera, que no advirtiera que le estaba observando.  He de confesar que le tenía un poco de temor, a pesar de que su cara era la de un hombre maduro, sensato, prudente; la clase de persona que siempre toma decisiones acertadas. Pasaron unos minutos, en ese tiempo el hombre permaneció con los brazos bajos y las manos cruzadas tras la espalda, caminaba arriba y abajo de la amplia acera, con la mirada dirigida al frente, un poco ensimismado. Había pocos transeúntes. Eran las cuatro de la tarde de finales de julio. Hacía el típico calor húmedo y bochornoso de Barcelona. En el escaparate soleado hacía un calor insoportable, decidí cruzar la estrecha calzada para ir a sentarme a uno de los bancos sombreados de la pequeña rambla.  Crucé en el momento en el que el hombre dio media vuelta para cambiar de dirección.  En el banco, saqué el periódico del bolso y, como si parodiase una película de espías, lo extendí frente a mí a modo de parapeto.  Podía ver mi objetivo sin levantar sospechas; las gafas de sol contribuyeron al disimule. De pronto, algo cambió. El hombre detuvo su paseo, las piernas firmes algo separadas, los brazos en jarras y la mirada insidiosa dirigida a una pareja de mediana edad que bajaba por la calle. Ella, pizpireta, agarraba el brazo de su acompañante con mucha soltura y con la otra mano se abanicaba; él le contaba algo que debía de ser bastante gracioso, a juzgar por las risas de ella.  Son amantes, pensé y han cornido en uno de los restaurantes caros que hay por los alrededores. Ella, llevaba los labios pintados de rojo sangre y él vestía un pantalón color crema, con la raya muy marcada. El hombre, furibundo, no se movió de donde estaba, sólo miraba de una manera agresiva, se notaba que odiaba a esos dos que se acercaban hacia él. ¡Ajá!, me dije, ella es su mujer, ha descubierto que le engaña y los ha estado esperando con la intención de pillarlos in fraganti.

El anterior, el que me llamó la atención, recibió una parte de su cólera, tal vez por cómplice o alcahuete. Pero la pareja, ya a escasos metros de él, no reflejaba la menor alteración ante la vista del hombre que les miraba con intensidad maníaca. Continuaron con sus risas como si no hubiera nadie más en el mundo. En cuanto le sobrepasaron, el hombre se situó detrás de la pareja, esperó a que tomaran distancia y ¡zas! Otra patada, en las nalgas del acompañante de la mujer. La marca del zapato quedó impresa como un sello, justo en en el lado izquierdo. Durante unos segundos no pasó nada.  El hombre ya desahogada su ira, sin cambiar el gesto, se dio la vuelta y prosiguió el corto y frenético paseo calle arriba, como si hubiera apartado una mosca; un acto sin importancia.  El otro, el que recibió la patada, se paró en seco. Era un individuo un poco lento, no miro atrás, sólo se llevó la mano a la zona donde había recibido el puntapié.  La mujer, que no había advertido nada, como es natural, dejó de abanicarse y le debió de preguntar que le ocurría.  Nada debió decir él.  En ese momento miró atrás y vio al hombre de espaldas, le vio caminar en dirección contraria. ¿Se dio cuenta de la relación causa-efecto que unía la patada con el paseante nervioso que les había estado mirando enfurruñado y que ahora caminaba como si tal cosa calle arriba? Lo dudo. Buscó otro culpable. Me miró a mí, yo aparenté una lectura concentrada, alejada de las minucias cotidianas. Un autobús pasó a todo trapo haciendo un ruido endiablado. La pareja siguió su paseo, de vez en cuando el peripuesto de pantalón crema se palpaba la nalga y miraba hacia atrás...Está claro, pensé, son amantes, pero no tienen ninguna relación con el hombre. La pareja, ni siquiera era matrimonio, sino aquel tipo habría reaccionado con más brío, pero claro, una patada en el culo es acontecimiento poco apropiado para empezar una muy probable tarde de amor,

Observé con detenimiento a mi paseante furioso y divagué sobre la razón de su comportamiento. Era desde luego, un buen conocedor de la psicología humana.  Parecía listo, estaba cabreado y sus patadas iban dirigidas a la humanidad en general; más concretamente, a la humanidad encarnada en individuos, rondando la cincuentena, acompañados por mujeres aparentes; hombres bien vestidos y con pinta de haber sido educados en la creencia de que los buenos modales hay que mantenerlos siempre; hombres que se dejan arrastrar por ideas preconcebidas y que nunca dudarían de la inocencia de un varón de idéntico rango, que, sin mediar palabra les atiza una patada en el trasero. En fin, sus víctimas eran hombres que jamás se mostrarían groseros, ni mucho menos permitirían que por la cabeza de sus acompañantes femeninas pasara la idea de que ellos son los destinatarios de una vejación semejante.

Mejor aparentar indiferencia, hacer como si nada y limpiar la huella del zapato en la primera oportunidad. Durante diez minutos no pasó nadie con el perfil adecuado para darle a la humanidad su merecido. El hombre empezó a impacientarse .

Tiene prisa, pensé, esto acabará rápido. Qué lástima, lo que acababa de ver y las cavilaciones sobre su vida era lo más divertido que me había pasado desde hacía mucho. Ojalá, me decía, caiga alguno más. Yo misma examinaba a las pocas parejas que pasaban a aquella hora. Ninguna reunía las características adecuadas. El hombre parecía cada vez más inquieto. Cesó de caminar.  Miró a los lados, consultó el reloj, soltó un leve bufido y se dispuso a cruzar la calle en dirección al acceso del aparcamiento subterráneo.

El destino jugaba a nuestro favor, precisamente de la entrada del aparcamiento salió uno con pinta de convertirse en el tercer hombre de la tarde. Iba solo, era lo único que desmerecía su candidatura; moreno, de tez lustrosa, vestía una camisa azul celeste, y un pantalón azul marino. Esos detalles no detuvieron a mi hombre; al contrario, con paso casi marcial se dirigió de frente hacia él. Temí que hubiera decidido cambiar la ubicación de su trallazo. Pero no fue así, cumplió con exactitud la rutina del puntapié por la espalda.

¡Paf! Esta vez, el moreno se dio la vuelta casi inmediatamente "¡qué pasa!".  Pronunció estas palabras breves con voz aflautada y tono de sorpresa. Mi hombre le repondió: “Nada en particular, una patada, o es que no lo ha notado”. ¡Ahh...!, respondió el pataleado como si con esa inútil información estuviera justificada la agresión. Sin mayores consideraciones, siguió cada uno su camino. Desapareció mi hombre escaleras abajo. Al cabo de dos minutos le vi de nuevo. Estaba detenido en el semáforo de la rambla. Conducía un coche caro y lujoso, iba con las ventanillas bajadas y tarareaba la música que salía de los potentes altavoces, una sentida romanza de zarzuela cantada por los tres tenores. En Caracalla, seguramente.

 

NOCTURNO

Raúl Valiente García

 

No puedo dormir.  Las sábanas son una jaula.  Siento calor y me asfixio.  Por el hueco de la ventana intenta penetrar una impenetrable masa de oscuridad.  Las estrellas burlonas parpadean con desgana, mientras la luna orgullosa desafía al vencido sol con su palidez altiva. Es una noche de luna llena y desde mi agotada cama oigo a los enamorados grillos confesando su amor a la gran masa blanca que vela por ellos sobre las temidas tinieblas. Su posesiva luz proyecta finas sombras sobre las casas. Los árboles se prolongan en un largo brazo siniestro y negro que se arrastra entre los surcos de la violada tierra recién labrada. Un olor húmedo adormece al viento, evitando que siga susurrando promesas en la oscuridad.  Una capa cálida se ha posado sobre la noche.

Me levanto y camino hasta la ventana. Distingo al silencio paseando entre los álamos. Cierro los ojos y respiro el aire cargado de fragancias. Percibo el leve sonido que produce la noche al deslizarse. Salgo y ando tras ella. La noche camina encima del río, llevándome detrás.  Poco a poco, se va alejando. Yo sigo unido a ella y me voy separando de mi hogar. Atravieso campos, ríos y montes, observando lo que nunca había creído poder ver. La luna sigue brillando arriba, acariciándome con su tibia luz y las estrellas continúan riendo y bromeando. Los grillos se oyen más y más lejanos y a la vez más cerca, envolviéndome. Las sombras pasan corriendo a mi lado, yendo a ocultarse al dejarlas atrás y los árboles oscilan, mecidos por el paso de la noche con su suave roce.

Siguiéndola, recorrí el mundo.Transcurrió el tiempo y seguí unido a ella, acompañándola en su soledad. Pasé años hablándole, hasta que me fundí y me mezclé con ella, confundiéndome entre sus sombras.

Hoy, si te fijas bien, verás a un niño saltando de una estrella a otra y jugando con ellas.

Ese niño, un día fue un joven que no podía dormir y que quiso alcanzar a la noche.