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La responsabilidad de los intelectuales

Por Noam Chomsky

 

 

Hace veinte años, Dwight Macdonald publicó una serie de artículos en Politics sobre la responsabilidad de los pueblos y, en concreto, sobre la responsabilidad de los intelectuales. Yo los leí cuando era estudiante de grado en la universidad, en los años inmediatamente previos a la guerra, y tuve la ocasión de releerlos hace unos meses. No me parece que hayan perdido ni un ápice de su capacidad de persuasión. Macdonald se centraba en la cuestión de en quién recae la culpabilidad de una guerra. La pregunta que se hacía era: ¿hasta qué punto fueron los pueblos alemán o japonés responsables de las atrocidades cometidas por sus Gobiernos? Y, muy acertadamente, volvía esa pregunta hacia nosotros mismos: ¿hasta qué punto son los pueblos británico o estadounidense responsables de los despiadados bombardeos sobre la población civil que las propias democracias occidentales perfeccionaron como técnica de terror bélico y que alcanzaron su punto culminante en Hiroshima y Nagasaki, seguramente dos de los crímenes más inenarrables de la historia? Para un estudiante universitario del curso 1945-1946 –y para cualquiera cuya conciencia política y moral se hubiera formado a partir de los horrores de los años treinta, moldeada por sucesos como la guerra en Etiopía, las purgas rusas, el "incidente de China", la Guerra Civil en España, las atrocidades nazis, y la reacción de Occidente a (y en parte, su complicidad con) esos acontecimientos–, estas preguntas eran muy pertinentes y significativas.

 

Con respecto a la responsabilidad de los intelectuales, hay aún más preguntas –igualmente perturbadoras– que responder. Los intelectuales están en una posición ventajosa para sacar a la luz las mentiras de los Gobiernos, para analizar las acciones según sus causas y sus motivos, y sus (muchas veces) ocultas intenciones. En el mundo occidental, al menos, tienen el poder que les otorga la libertad política, es decir, que disfrutan de ventajas como el acceso a la información o la libertad de expresión. La democracia occidental facilita a una privilegiada minoría el tiempo, los servicios, las instalaciones y la formación necesarios para buscar la verdad que se esconde tras el velo de la distorsión y la tergiversación, la ideología y los intereses de clase, con el que se nos tiende a presentar los hechos de la historia actual. Las responsabilidades de los intelectuales, pues, son mucho más profundas que aquella que Macdonald llamó la "responsabilidad del pueblo", y lo son debido a los privilegios singulares de los que disfrutan los propios intelectuales.

 

Los temas planteados por Macdonald tienen tanta pertinencia hoy como la tenían veinte años atrás. Difícilmente podemos evitar preguntarnos hasta qué punto el pueblo estadounidense es responsable de la salvaje agresión americana contra una población rural, la vietnamita, básicamente indefensa: una nueva atrocidad dentro de lo que los asiáticos llaman la "era Vasco da Gama" de la historia mundial. En cuanto a aquéllos de nosotros que nos limitamos a observar callados y apáticos mientras esa catástrofe se iba desarrollando a lo largo de la última docena de años, ¿cuál es el lugar que nos corresponde en la historia? Sólo los más insensibles pueden abstraerse a estas preguntas. Yo voy a retomarlas aquí, más adelante, después de introducir unos cuantos comentarios dispersos sobre la responsabilidad de los intelectuales y sobre cómo éstos están afrontando esa responsabilidad a mediados de la década de los sesenta.

 

La responsabilidad de los intelectuales es contar la verdad y revelar las mentiras. Tal vez nos parezca algo tan obvio que no merece mayor comentario. Pero lo cierto es que no lo es. Desde luego, para el intelectual moderno, no resulta en absoluto obvia. Tenemos así, por ejemplo, la declaración pro-Hitler de Martin Heidegger en 1933, cuando escribió que "la verdad es la revelación de aquello que hace que un pueblo tenga seguridad, claridad y fuerza de acción y de conocimiento"; sería sólo esa clase de "verdad" la que se tendría la responsabilidad de contar. Los estadounidenses tienden a ser más directos. Cuando, en noviembre de 1965, The New York Times pidió a Arthur Schlesinger que explicara la contradicción entre la versión que publicó sobre el incidente de bahía de Cochinos y la historia que él mismo había proporcionado a la prensa en el momento del ataque, él se limitó a reconocer que había mentido; y unos días más tarde, llegó incluso a agradecer a The New York Times que se hubiera abstenido de publicar la información que tenía sobre los planes de invasión por "el interés nacional", como lo llaman en el grupo de hombres arrogantes y autoengañados a los que Schlesinger retrata tan favorecidos en su reciente crónica de la administración Kennedy. No tiene particular interés que un hombre muestre tan pocos reparos en mentir en nombre de una causa que él mismo sabe que es injusta; pero sí es significativo que esos hechos susciten tan escasa respuesta entre la comunidad intelectual: por ejemplo, nadie ha dicho que algo huele raro en el ofrecimiento de una importante cátedra de humanidades a un historiador que cree deberse a la causa de convencer al mundo de que la invasión con aval estadounidense de un país cercano no es tal cosa. ¿Y la increíble serie de mentiras de nuestro Gobierno y sus portavoces con respecto a asuntos como las negociaciones en Vietnam? Todo aquel que se haya tomado la molestia de averiguarlos conoce los hechos. La prensa, tanto extranjera como nacional, ha presentado documentación con la que refutar todas las falsedades según van apareciendo. Pero el poder del aparato propagandístico del Gobierno es tal que, sin un verdadero trabajo de investigación sobre el tema por su parte, un ciudadano de a pie difícilmente puede aspirar siquiera a contrastar las declaraciones gubernamentales con los hechos.1

 

El engaño y la distorsión que rodean la invasión estadounidense de Vietnam son tan conocidos a estas alturas que ya han perdido la capacidad de impactarnos. Resulta útil, pues, recordar que, aunque nunca dejan de alcanzarse nuevas cotas de cinismo, los ya claros antecedentes de esa situación se aceptaron aquí, en nuestro país, con callada tolerancia. Un ejercicio muy útil en ese sentido es el que consiste en comparar las declaraciones del Gobierno en el momento de la invasión de Guatemala en 1954 con el posterior reconocimiento (o, para ser más precisos, alarde) por parte de Eisenhower –una década después– de que los aviones estadounidenses se enviaron allí "para ayudar a los invasores (The New York Times, 15 de octubre de 1965). Y no sólo en momentos de crisis se considera lícita tal duplicidad. Los altos funcionarios de la "Nueva Frontera",* por ejemplo,