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La escritura y yo

Eloy Tizón

 

Para muchos, es de vital importancia encontrar el tono y la atmósfera adecuados.

Velocidad de los jardines fue un cuento generoso en este sentido; recuerdo que lo escribí en dos fines de semana consecutivos de primavera ­separados por un paréntesis de infierno laboral­ en una especie de trance alucinógeno y, en contra de mi costumbre, apenas lo corregí después, porque considero que en cuentos así las posibles imperfecciones son una virtud, forman parte de su encanto y el exceso de retoques es contraproducente; para escribir algo así me atrevería a decir incluso que no hace falta ser escritor; cuanto menos «escritor» ­entre comillas­ se sea, mejor; se trata de dejarse penetrar por el tema y abrir todos los poros; basta con mantener la concentración a toda costa y levitar y mantenerse en vilo en el aire, a pocos centímetros del suelo, flotando, que es lo que constituye la verdadera dificultad. Es un cuento de paso que trata del fin de la juventud y el comienzo del final: las chicas, los chicos, la herida del primer amor, el instituto. Es un sollozo del tiempo. Algo así sólo puede realizarse sin titubeos, de un solo golpe respiratorio, mediante un doble salto mortal sin red que no admite medias tintas: es sí o no, blanco o negro, cara o cruz, todo o nada.

Pero estos casos son raros. Lo normal, para mí, es el trabajo constante, el esfuerzo sostenido y cotidiano, la corrección infinita, la paciente espera de que un instante de gracia aparezca y me ilumine. Instantes así lo justifican todo. Claro que para que ese resplandor se produzca hace falta mucho trabajo previo y romper muchos papeles. Yo tenía escrito un libro de cuentos y me faltaba el último, la pieza final del puzzle, el que yo intuía que sería el decisivo, el que confiaba en que daría sentido y unidad a todo el conjunto. Velocidad de los jardines lo escribí con rapidez, es cierto, pero es que el tema me perseguía desde hacía años. Es raro: yo sabía que tarde o temprano escribiría un cuento sobre estudiantes, igual que otros saben que heredarán un álbum de sellos. Tenía listos los decorados ­un instituto de barrio­; tenía el argumento (basado en una anécdota autobiográfica); tenía el sentimiento (de pérdida) que quería reflejar; y por último tenía lo que siempre me ha acompañado durante toda mi vida como una sombra, desde que tengo uso de razón, y ha determinado en gran medida que me dedique a escribir: la obsesión por el tiempo y lo irreversible de su transcurso y la pregunta de si existe alguna manera, la que sea, por irracional que parezca, de detenerlo en la prosa; de congelar los relojes. Es decir, que lo tenía todo. Todo, excepto el cuento. Lo único que me faltaba era encontrar el tono adecuado con que escribirlo, ni muy serio ni demasiado cómico. Tuve suerte, he de admitirlo. Un día, por azar, encontré el tono. Encontré mi voz. Agridulce. Un tono de voz agridulce, envuelto en poesía, hecho a partes iguales de humor, tristeza y ternura. En esa voz me reconocí, reconocí mi voz, reconocí mi mundo, desde entonces tengo voz y puedo hablar y escribir y dirigirme al mundo y estar aquí con vosotros y a partir de ese momento me he dedicado a explorar y ampliar sus posibilidades fonográficas. Todos mis libros son la historia de una voz, la autobiografía de una mirada. Todas las historias que he escrito tratan, en mayor o menor medida, sobre la orfandad del ser humano.

Así sucede en mi siguiente novela, Seda salvaje, narrada en primera persona por un hombre que trabaja en un despacho y está a punto de casarse y está obsesionado por la vida de las demás personas que le rodean, especialmente mujeres, y que se dedica a espiarlas en secreto y a meter la mano en sus bolsos y que yo defino diciendo que ese hombre es un carterista de las emociones. En este caso fue la voz del protagonista la que se me impuso de súbito, sin titubeos, y yo acepté la alegría y el reto de ir siguiendo sus andanzas por oficinas y descampados, y fui el primer sorprendido. Cada mañana de trabajo en la novela (pues yo, si no lo he dicho antes, escribo por las mañanas, y a mano) era una nueva sorpresa, aquello iba desarrollándose en forma de espiral y tomaba giros insospechados que yo no podía imaginar antes de sentarme a escribirlos. Decir que Seda salvaje se escribió solo es una exageración evidente, pues detrás de todo libro hay un esfuerzo implacable, casi inhumano, de disciplina y perseverancia, pero es cierto que tener la mente del personaje principal clara desde el principio facilitó mucho las cosas.

Lo que busco cuando escribo es sorprenderme a mí mismo. Busco emociones estéticas fuertes. Cuando escribo, tengo la sensación subjetiva de que mi cerebro trabaja a cientos de revoluciones por minuto. En ese estado de excitación nerviosa, con la conciencia ligeramente alterada, digamos que puedo pensar sin dificultad en varias cosas a la vez. No sé por qué, se me ocurren asociaciones imprevistas de ideas ­a veces disparatadas­ que, en circunstancias normales, no se me ocurrirían jamás. Es como si las paredes del cerebro se ensancharan, abrazando el universo entero, y en esa cosmogonía mi corazón bombease una sangre más ligera capaz de recorrer distancias enormes sin moverme de mi sitio. Puedo viajar por el tiempo y el espacio, contemplar con claridad el pasado y el futuro en una danza de siglos, sobrevolar ciudades derruidas en el fondo del mar y descubrir, entre las ruinas submarinas y los arcos por donde pasan nadando peces de colores, una sortija que brilla. Y oír voces. También puedo escuchar voces. Las voces, en mi escritura, me doy cuenta, cada vez tienen más importancia. Por este motivo Labia, mi último libro publicado hasta la fecha, es una historia de voces. Es un libro hecho de voces. De historias que se desdoblan y cuentan otras historias. Una suma de fragmentos cuyo sonido apunta a una cierta teoría en el arte del ensamblaje. Se trata de mi libro más íntimo, el que me toca más de cerca la memoria afectiva. Allí puse buena parte de mi infancia, la más pura, la que tiene que ver con el descubrimiento del arte y la emoción de su música. Tardé cuatro años en escribirlo, alternando épocas de exaltación con épocas de desánimo. Como siempre. Si no me equivoco mucho, en él resuena una pregunta que para mí es acuciante: «¿Puede un relato salvar el mundo?»

Dar respuesta literaria a esta pregunta fue el propósito de Labia.

Narrar, en muchos casos, es exponerse. Exponerse a fracasar, a decir tonterías, a hacer el ridículo, a no estar a la altura, a que no nos entiendan o a que nos tomen por locos. Por debajo de toda historia que se narra, yace escondida otra historia invisible: la de un ser humano, como vosotros o yo, con sus virtudes y sus defectos, que ha tenido el coraje de asumir un riesgo. Escribir es un viaje extraño lleno de extraños peligros. La historia de la literatura, pues, es en gran medida la historia de un miedo. O por mejor decir, las diferentes versiones de cómo determinados seres humanos han aprendido a convivir con sus miedos por obra y gracia de la palabra. Sin miedo no hay escritura. Debemos ser conscientes de ello al enfrentarnos al folio en blanco, a despecho de todos los obstáculos, de todas las dificultades, a pesar de todos los miedos. Escribir siempre requiere vencer una cierta resistencia, atreverse a dar un gran salto en el vacío. Y debajo de nosotros nunca hay red. Si recordáis las palabras de Holden Caufield al final de El guardián entre el centeno, éste aconseja: «No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo». Para escribir, en efecto, hace falta estar dispuesto a soportar la carga, más dolorosa de lo que a simple vista parece, de echar de menos a todo el mundo.