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Ella dice que me voy a curar. Lo dice en voz baja, haciendo pausas aunque la frase no es muy larga. Yo le creo. Y escribo otro cuento y ella vuelve a afirmar lo mismo. Pero, ahora, la frase es más larga y no celebra pausas: "Te vas a curar y vas a estar muy bien". Aquí se complica ya que hay un nexo: y. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos que hay dos conjuntos absolutamente diferenciados: "Te vas a curar" y "vas a estar muy bien". Tal vez sea un exceso y convenga establecer  prioridades pero, como acabo de escribir tres cuentos más puedo afirmar que el orden de los productos no altera el resultado. Vuelvo a unirlos y sonrío porque me siento muy bien.

 


 

 

La música suena y se desparrama como las hojas barridas por un viento distraído. Cuatro acordes se repiten hasta el cansancio. Son los mismos de siempre. Los interpreta un acordeonista ciego y canta una soprano muda. Es todo demasiado extraño en este domingo inservible. Podría pensar que lo he soñado, pero no. Sucede delante de mis ojos como una letanía. Si avanzo, ellos me siguen. Si me detengo, se detienen. Me observan y me imaginan como un  acordeonista ciego cuya amante es un soprano muda. Ya somos un cuarteto y me parece bien. Repito los cuatro acordes con mi acordeón que, ahora, suena como si fuesen ocho. Mi amante simula cantar y la soprano muda hace lo mismo. Hay ciertas similitudes que siempre alegran mi corazón ausente.

 

 


 

 

1. Hoy llueve. Sale uno en la tele y señala un globo que parece que es terráqueo. Me apasiona la gente que tan temprano señala un globo.

2. Me mira fijo y me comenta que es posible que llueva aquí, allá, y un poco más lejos. Como es muy convincente, a pesar de que estoy en mi sillón favorito me pongo el impermeable y abro el paraguas. Mientras espero con ansiedad el 10 aguacero, cojo unas olivas y las saboreo.

3. El hombre del tiempo es fiable. El típico sonido de la lluvia ya está en casa. Son unas simples gotas que no molestan. Ahora señala algo muy azul y aparecen unas flechitas amarillas que se pelean entre ellas y él pone cara de enojo o eso me parece.

4. Creo que está irritado; hace unos gestos rocambolescos que son muy elocuentes pero no sé de qué y señala el norte o lo que él cree que es el norte y hace una mueca que se asemeja al de alguien que sopla fuerte.

5. Cuando la ventana, al estar semiabierta se golpea, la lluvia es más intensa. Levanto la solapa de mi impermeable e inclino, para protegerme un poco más, el paraguas.

6. Me estoy mojando cuando aparece en la pantalla un mapa muy bonito que se mueve mucho. Me mareo. Y él pronuncia la palabra "isobaras". No me incomoda; lo que me preocupa es que la repita pensando que no le he entendido.

7. Ahora saluda y se va. Y otra vez me ocurre lo de siempre. Tal vez sea timidez de mi parte, no lo sé. Siempre me sucede que cuando la conversación comienza a ser interesante, se acaba. Seguro que es mi culpa. El hombre ha sido tan amable. Tomaré un antigripal y lo esperaré. Me ha dicho que después del informativo de las 9, regresa.

 

 


 

 

Escribo, trato de comenzar una historia asociando libremente a ver qué pasa y la inicio escribiendo que alguien merodea mi casa y se despierta la sospecha. Con cautela, mientras continúo, espío disimulando por mi ventana ya que una cierta inquietud se apodera de mí y mi temor lo vuelco al papel diciendo que esa figura, que apenas se vislumbra, no me es totalmente desconocida. Trato de recordar situaciones anteriores y en mi memoria se instala un cuento casi olvidado en donde alguien merodeaba mi casa y se había asentado en mi interior, cierta sospecha. En ese cuento, esa escena estaba en la página 3; ahora, como si este suceso fuese absolutamente nuevo, lo ubico al inicio del relato pero no puedo continuar avanzando. La sombra de lo que cuento deja de serlo y antes de que me dé tiempo a que reaccione, una mancha de sangre se va agrandando lentamente, en mi mejor camisa.