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El futuro del libro y el futuro de la lectura. Los nuevos lectores del siglo XXI

Pedro César Cerrillo Torremocha 

 

Sin lectores no habrá libros de ningún tipo, es obvio ¿no? No obstante, muchos estudiosos aseguran que no desaparecerá el formato de libro convencional y, por tanto, tampoco el lector tradicional de libros; y no me refiero sólo al lector de novelas, sino también al lector de ensayos, de poesía y, quizá también, de periódicos. Nadine Gordimer, la escritora surafricana, se ha referido, no hace mucho tiempo, al libro impreso y a su posible futuro frente al libro electrónico, afirmando que, a diferencia de los nuevos soportes de lectura: un libro se puede disfrutar sin depender de nada más que de nuestros ojos y nuestra feliz inteligencia.

El interés social y formativo que tiene la lectura lo marca la misma historia de la humanidad: desde que se inventó la imprenta a mediados del siglo XV, con la convulsión cultural que dicho invento conllevó, los libros y las diversas formas de lectura propiciaron una nueva manera de comunicar ideas, emociones, vivencias, sentimientos, experiencias o aventuras de unos hombres a otros, sean las que sean sus culturas, o sus lenguas, o sus religiones, o sus pensamientos, o las épocas en que viven o han vivido.

La sociedad del conocimiento, tan demandada en la actualidad como un objetivo a conseguir, debiera exigir la competencia lectora de todos sus ciudadanos; por eso, iniciado el siglo XXI, es más necesario que nunca un ciudadano lector, lector competente y crítico, que sea capaz de leer diferentes tipos de textos y de discriminar la abundante información que se le ofrece a diario en distintos soportes. Dice Gimeno Sacristán que: La formación humana que tiene la lectura como instrumento de penetración en el legado cultural, si bien en un principio tuvo un carácter iniciático y minoritario, hoy se considera un bien digno para extender a todos los individuos, bien sea a través de las escuelas o por otros medios. Ser alfabetizado forma parte del derecho universal a la educación. El valor instrumental que la lectura tiene en la vida de las personas para participar en la sociedad del conocimiento la convierte en una condición de la ciudadanía y de la inclusión social.11

La mayoría de las encuestas de hábitos de lectura son muy generosas en su consideración de lectores, incluyendo como tales a individuos cuyas prácticas son muy esporádicas y cuyo dominio del lenguaje escrito resulta débil en exceso Aún así, esas mismas encuestas coinciden en señalar que, aún hoy, uno de cada dos españoles adultos no lee habitualmente. Por otro lado, los informes PISA de la OCDE de los años 2002 y 2004, realizados en 32 países, han señalado que casi un 20% de los escolares españoles llegan al final de la educación obligatoria con importantes problemas en su competencia lectora, problemas que, en la mayoría de los casos, están relacionados con su capacidad de comprensión lectora.

¿Podríamos hablar, entonces, de crisis de la lectura? Pues, probablemente, sí, aunque sea en unos momentos en que, como ya dijimos, se lee más que nunca. O, al menos hablaríamos de un nuevo analfabetismo, aparentemente menos peligroso que el analfabetismo funcional; podríamos llamarlo neoanalfabetismo, extendido por todo el mundo desarrollado y protagonizado por esos nuevos lectores, fascinados por los nuevos soportes de lectura, que no son lectores literarios ni tampoco, en muchos casos, lectores competentes. Este neoanalfabetismo sólo podrá ser superado mediante una diferente consideración social de la lectura, que parta de las instituciones, que favorezca la lectura activa, libre y crítica, como primer e imprescindible paso para el ejercicio regular de la lectura literaria, y que sea capaz de atraer y seducir a los jóvenes frente al poder inmediato que tiene la cultura audiovisual, pese a su acriticismo y pasividad. ¿Cómo?

- Facilitando la creación de climas propicios para el ejercicio de la lectura y la práctica de actividades lectoras.

- Proporcionando materiales de lectura.

- Favoreciendo la práctica de la lectura voluntaria en el ámbito escolar.

- Valorando los esfuerzos de los profesores en la promoción de la lectura.

- Concienciando a la sociedad de la importancia de tener muchos ciudadanos lectores.

- Convenciendo a los padres de la importancia de la lectura en la formación integral de sus hijos.

El progresivo impacto de los medios de comunicación audiovisual, con la televisión a la cabeza de todos, no parece que sea la causa por la que muchas personas abandonan la práctica lectora en ese umbral antes referido que pasa de la infancia a la adolescencia. En todo caso, será una dificultad importante para la creación de «nuevos lectores».

El auge de los medios audiovisuales y la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación sí han favorecido un cierto cambio de modelo cultural, ya que hemos pasado de la supremacía de una cultura alfabética, textual e impresa a la de otra que se construye mediante imágenes audiovisuales; este cambio sí implica ciertas modificaciones en el uso del lenguaje y, sobre todo, en las capacidades de razonamiento, lo que -a su vez- podemos comprobar en los hábitos lectores de los más jóvenes y en sus habilidades para la lectura comprensiva.

Este cambio de modelo ha sido general en el conjunto de la sociedad -incluida la escuela-, que ofrece continuamente espectáculos y actividades, incluso informaciones, en donde prevalecen las imágenes y los iconos frente al texto escrito. La confirmación de ese cambio de modelo es, probablemente, el éxito de las televisiones, que obliga a una manera de percibir los mensajes, y por tanto de construir significados, diferente de la que es propia de la lectura literaria y, en general, de la lectura de casi cualquier texto escrito.

Pero las nuevas tecnologías no son neutras ni inocentes; «chatear», por ejemplo, no es sólo una forma de comunicación, sino que exige -no sé si impone- un nuevo lenguaje y, con él, un nuevo lector. Hay ya estudios que indican que la mayoría de usuarios de la red asegura «leer» rastreando, es decir, saltándose párrafos o bloques de información, realizando la lectura en pantalla y no imprimiéndola, haciendo cierta la afirmación de Georges Steiner nunca tanta información ha generado menos conocimiento14. No podemos confundirnos: la informática, internet particularmente, es una excepcional manera de democratizar el acceso a la información que hace posible, además, la adquisición de nuevos conocimientos, pero no deja de ser una lectura instrumental; como dice Ana M.ª Machado: No es una forma de adquirir sabiduría. Para la transmisión de la sabiduría se exige otro proceso, en el que decidir no depende de una opción entre otras del menú, de una preferencia por «esto o aquello», sino de una comparación entre «esto y aquello», con análisis de argumentos, oposición de contrarios, complementación de divergencias, encadenamiento lógico que lleve a conclusiones, etc. Un proceso complejo, elaborado a partir de la absorción de experiencias ajenas y la convivencia con el otro, mecanismos propios del lenguaje narrativo, del lenguaje poético y del lenguaje expositivo, y hasta de la retórica. Un proceso construido con el contacto con la literatura y la filosofía. Con textos capaces de emocionar estéticamente, de discutir valores y llevar a opciones morales.

Ese continuo análisis, esa complementación, esa sucesión de conclusiones, ese proceso complejo de que habla Ana M.ª Machado es, a fin de cuentas, lo que provoca la dificultad de la lectura frente a otras actividades de ocio más pasivas lo que, para muchos lectores, es un freno para acceder regularmente a ella: Utilizamos más megabytes cerebrales cuando leemos una novela que cuando miramos un vídeo o jugamos una partida por computadora. Por ejemplo, puedo seguir con facilidad la trama de una película mientras «dejo vagar» mis pensamientos. Cuando estoy leyendo es diferente. El libro tiene una tendencia a monopolizar la atención y si no es así, solemos dejarlo de lado. Cuando leemos, creamos nuestras propias imágenes... Leer es un acto más activo, creativo y autosatisfactorio que mirar una película.

Leer obliga a imaginar, es decir a crear tus propias imágenes sobre un suceso, un paisaje, un episodio o un personaje que hemos leído. Quisiera recordar aquí un hecho que ya es historia y que se refiere a esta idea de los nuevos lectores: la irrupción de un nuevo público lector que tuvo lugar tras la invención de la imprenta. Surgió entonces una nueva fórmula editorial, el pliego suelto (una hoja de papel doblada dos veces formando ocho páginas) que obligaba a la edición de textos muy breves y de fácil difusión popular: sucesos notables, canciones tradicionales o pequeños textos teatrales, y que tuvo su continuación, ya en los siglos XVIII y XIX, en otra fórmula: la de aucas y aleluyas, en este caso con el refuerzo de imágenes. La gran difusión alcanzada por los pliegos sueltos favoreció la presencia de la cultura escrita en la vida cotidiana, por un lado, y, por otro, el acceso a ella de gentes escasamente alfabetizadas. Al respecto, dice Roger Chartier: Al crear un nuevo público gracias a la circulación de los textos en todos los estamentos sociales, los pliegos sueltos contribuyeron a la construcción de la división entre el «vulgo» y el «discreto lector». Cierto es que la categoría de «vulgo» no designaba, ni inmediata ni exclusivamente, a un público «popular» en el sentido estrictamente social del término. Mediante una dicotomía retórica que encontró su expresión más contundente en la fórmula del doble prólogo -uno para el vulgo y otro para el «discreto lector»-, lo importante era descalificar a los lectores desprovistos de juicio estético y competencia literaria.

No olvidemos que en la Edad de Oro, el «vulgo» era el principal destinatario del mercado del pliego suelto, como lo era también de las representaciones teatrales.

Salvando las distancias, muchos de los nuevos lectores del siglo XXI se aproximarán bastante a ese concepto de «vulgo», por su falta de competencia literaria y de juicio estético, incluso, en más ocasiones de las deseadas, por algo más básico: su falta de competencia lectora. Muchos de ellos serán lectores con experiencias infantiles marcadas por la televisión, los juegos electrónicos, el juego solitario, las historias de Disney, la carencia de espacios abiertos en la calle o la práctica de la lectura instrumental, pero que no habrán tenido la experiencia de que les hayan contado cuentos en sus primeros años de vida, ni la de haber practicado juegos que llevan aparejadas retahílas o cantilenas; serán lectores sin el bagaje de lecturas emblemáticas para los inicios lectores de las personas: cuentos maravillosos, relatos de aventuras o clásicos iniciáticos (El guardián entre el centeno, La isla del tesoro, Gulliver, Robinson Crusoe, Peter Pan, Ratón Pérez), lecturas literarias que son, sin duda, una manera privilegiada de relacionarse con las cosas y con el mundo que nos rodea en esos momentos de la infancia y la adolescencia.

La formación del lector literario: hacia una nueva educación literaria

En el conjunto de la educación del hombre en una sociedad como la nuestra, dominada por la moderna tecnología y los medios de comunicación, qué papel cumple la literatura. Muñoz Molina ha dicho que la literatura es un «lujo de primera necesidad», y es que la función estética de la literatura no es algo banal o accesorio, sino esencial, porque hace posible un conocimiento crítico del mundo y de la persona. Aunque han sido muchas las propuestas de interpretación de la naturaleza de la literatura, algunas de las realizadas en los últimos años han coincidido al afirmar el valor educativo de la literatura, considerándola una vía privilegiada para acceder al conocimiento cultural y, con él, a la identidad propia de una comunidad.

La literatura, como conjunto de historias, poemas, tradiciones, dramas, reflexiones, tragedias, pensamientos, relatos, comedias o farsas, hace posible la representación de nuestra identidad cultural a través del tiempo, registrando -al mismo tiempo- la interpretación que nuestra colectividad ha hecho del mundo, permitiéndonos escuchar las voces del pasado y conocer los progresos, las contradicciones, las percepciones, los sentimientos, los sufrimientos, las emociones o los gustos de la sociedad y de los hombres en las diferentes épocas: la literatura nos ha permitido comprender por qué en el siglo XIV el Arcipreste de Hita escribía en primera persona picantes aventuras de amor impropias de su condición de clérigo; o las razones por las que el talento narrativo de Cervantes no fue reconocido por la sociedad de su época, en la que el prestigio, la popularidad y el dinero, en literatura, lo daban la poesía y el teatro, y no la novela; o por qué los románticos reivindicaron con fuerza las tradiciones nacionales; o por qué la sociedad española de la segunda mitad del XIX se sintió fascinada por los avances científicos de la Europa de la época (la fotografía, la máquina de vapor o el ferrocarril), propiciando un primer y tímido desarrollo industrial; o la función social que desempeñaron Unamuno y sus coetáneos generacionales al denunciar el estado de crisis espiritual e ideológica de la España del 98.

El proceso de construcción del sentido que se produce en la comunicación literaria se corresponde y, al mismo tiempo, coincide con el proceso de construcción de la personalidad, porque en los dos casos se trata de construir sentidos que proporcionen marcos de referencia para interpretar el mundo.

Sobre la incuestionabilidad del papel educativo de la literatura y de su función social, Darío Villanueva ha señalado que puede desempeñar un papel insustituible para la recta formación de los ciudadanos en el sentido «plural y democrático», pero al preguntarse con qué método y a partir de qué teorías, indica que:

Quizá el método inmediato y urgente que debe ser rescatado para la enseñanza de la literatura sea el de la lectura: aprender a leer literariamente otra vez. Porque paradójicamente esa competencia se está perdiendo...

Al margen de las teorías de la literatura, en los últimos años se han resaltado los valores de la enseñanza de la literatura desde posturas más generales y menos especializadas (Daniel Pennac en Como una novela) y desde posturas meramente escolares (Gianni Rodari en Gramática de la fantasía).

Para los actuales paradigmas educativos, así como para las modernas corrientes de crítica literaria (teoría de la recepción, intertextualidad o semiótica), los planteamientos historicistas de la enseñanza de la literatura resultan demasiado limitados. Probablemente, lo que hoy se necesite, más que enseñar literatura -de acuerdo al concepto tradicional referido-, sea enseñar a apreciar la literatura, o, en todo caso, poner a los alumnos en disposición de poder apreciarla y valorarla. Por esa razón, los planteamientos didácticos de la disciplina exigen también cambios, porque no es lo mismo formar al alumno para que pueda apreciar y valorar las obras literarias (receptiva e interpretativamente), que transmitirle una serie de conocimientos sobre las obras literarias y sobre sus autores.

Si estamos convencidos del papel de la literatura en el desarrollo completo de las capacidades de la persona, admitiremos que los textos literarios son hoy más necesarios que nunca, aunque sólo sea para contrarrestar los efectos inmediatos que tienen los modernos medios de comunicación, que, como dice Sánchez Corral: Por su naturaleza transmisiva unidireccional, conducen a una pérdida de la subjetividad del individuo, a una pasividad en el proceso de recepción.

En la enseñanza/aprendizaje de la literatura (en la educación literaria), las teorías literarias formalistas y estructuralistas han sido desplazadas por los estudios que atienden a la totalidad del discurso, por un lado, y al receptor y a las condiciones en que se produce la comunicación literaria, por otro, imponiéndose así conceptos como el de competencia literaria, en el sentido de que el discurso literario exige una competencia específica para su descodificación, ya que usa un lenguaje especial, con capacidad connotativa y autonomía semántica. La competencia literaria implica toda la actividad cognitiva de la lectura y mide el nivel de eficiencia del lector ante cualquier texto.

Por ello, la enseñanza/aprendizaje de la literatura debiera tener unos objetivos que ayuden a cumplir el logro de esa competencia; habría que pasar decididamente de una enseñanza de la literatura que atendía, sobre todo, al conocimiento de movimientos, autores y obras, a una enseñanza que pretenda que el alumno aprenda a leer, a gozar con los libros y a valorarlos, es decir, a hacer posible la experiencia personal de la lectura, que, por su parte, conllevará un conocimiento cultural variado, un análisis del mundo interior y la capacidad para interpretar la realidad exterior.

Ya en 1974, en una encuesta sobre el lugar de la literatura en la educación, Dámaso Alonso señalaba que no hay mejor manera de enseñar literatura que la lectura directa de las obras, y que son muchas las experiencias lectoras que marcan la vida del hombre, desde la misma infancia: No hay probablemente hombre que no reciba el hálito mágico de la literatura, verso y prosa: toca al niño ya en rimas y juegos infantiles; hasta el adulto analfabeto llega en canciones y coplas...

Son experiencias lectoras naturales, que si se complementan con otras que, desde el ámbito escolar, se organicen de acuerdo al momento en que se van a producir, nos ayudarán en la no fácil tarea de formar adultos lectores, es decir, adultos con la competencia literaria adquirida, o en situación de poder llegar, fácilmente, a adquirirla.

Enseñar literatura -educar literariamente- es enseñar algo que, en sí mismo, es complejo y susceptible de variadas realizaciones y de múltiples interpretaciones; eso dificulta la adquisición de la competencia literaria, que debiera ser la base de educación literaria. La competencia literaria no es una capacidad innata del individuo, sino que es educable: se llega a adquirir con el aprendizaje, aunque dificultado por esa complejidad referida, que es una consecuencia de las implicaciones que para la recepción tienen numerosos aspectos que forman parte del propio hecho literario: la relación con el contexto, que la obra literaria sea oral o escrita, que pertenezca a un género literario o a otro, que se considere una obra canónica o clásica, etc.

La competencia literaria no es una medida estándar ni única; en ella intervienen factores variados: desde los lingüísticos a los psicológicos, pasando por factores sociales, históricos, culturales o, por supuesto, literarios; por ello, no es descabellado considerar el aprendizaje literario como la unión de una serie de factores que posibilitan la maduración personal, destacando, por sí misma, la experiencia lectora, entendiendo como tal también la que se produce en la etapa anterior al aprendizaje de la lectoescritura, en la que la literatura oral aporta una experiencia literaria que ayuda a formar un imaginario personal en el niño prelector. La experiencia lectora, con su acumulación de lecturas, es la que hace posible la competencia literaria. Mendoza considera que el intertexto lector aporta un nuevo concepto para orientar la formación del lector hacia un conocimiento significativo de la literatura: [...] porque es el componente de la competencia literaria que establece las vinculaciones discursivas entre textos, necesarias para la pertinente interpretación personal. Es necesario ayudar a formar y desarrollar el intertexto lector del niño que comienza a leer, para que sus lecturas constituyan el fondo de conocimientos y, sobre todo, de experiencias literarias.

En el aprendizaje literario escolar debemos recordar siempre que, tanto en la infancia como en la adolescencia, se dan niveles diferentes y progresivos en las capacidades de comprensión lectora y de recepción literaria; y, sin embargo, las primeras experiencias infantiles con el aprendizaje literario escolar no siempre se producen en las condiciones más propicias para favorecer ese aprendizaje: me refiero a la desconexión de esas primeras experiencias «oficiales» con las experiencias que el niño ya ha vivido y que forman parte de su pequeño «patrimonio literario». En los primeros años de vida, el niño aprende, escucha y practica canciones de cuna, juegos mímicos, oraciones, cuentos maravillosos, sencillas historias dialogadas o rimadas, canciones, etc., además de acceder directamente, con la ayuda de un mediador adulto cercano, a libros de imágenes y álbumes ilustrados. La primera selección de lecturas escolares debería tener en cuenta que en los cuentos maravillosos los niños encuentran que se reconocen en sus miedos, en sus deseos, en sus temores o en sus anhelos; de ahí, la importancia que tiene ese periodo que llamamos de la «prelectura», o las primeras lecturas en las que los adultos cuentan o leen en voz alta relatos y cuentos a los niños más pequeños. No olvidemos que, además, la Literatura Infantil y Juvenil hunde buena parte de sus raíces en el cuento tradicional.

La lectura literaria posibilita la construcción de un mundo imaginario propio, dando respuesta así a la necesidad de imaginar de las personas, que es una necesidad básica en las primeras edades, porque en la infancia aún no se tiene la experiencia vivida que tienen los adultos. Hoy, con la limitación de espacios y tiempo para el juego, lo niños no pueden aprender por la experiencia vivida todo lo que necesitan, por lo que requieren que esas carencias sean compensadas con conocimientos transmitidos o con un acceso asequible a la lectura que les permita captar ideas o sentimientos y con la que, sobre todo, desarrollen su imaginación, simulando situaciones o estados de ánimo, experimentando sensaciones, viajando figuradamente a otros mundos, algo que podrían darle también los cuentos maravillosos contados en voz alta por sus adultos más cercanos.

El soporte básico de muchos de esos primeros textos no es el significado, sino el aspecto lúdico que aportan el ritmo, las formas o la música del texto, que son, por otro lado, los elementos por los que los niños pueden reconocer las palabras como un lenguaje especial, que identifican con el lenguaje del juego. Como dice Sánchez Corral: Una de las consecuencias generadas por la autonomía del discurso artístico es la posibilidad de experimentar el placer de las formas, el placer de jugar con las formas del lenguaje más que con sus contenidos, como sucede cuando la palabra queda a merced del niño y éste la usa, la maneja sin tener en cuenta los significados referenciales, con la sola finalidad de crear un clima propicio para que se desarrolle el juego en el que se dispone a participar.

Estas experiencias iniciales son los primeros pasos del camino del aprendizaje literario, que deberían tener su continuación con las primeras experiencias literarias escolares, que suelen iniciarse con el acceso del niño al lenguaje escrito, lo que supone una fase nueva en su aprendizaje, ya que su experiencia literaria se ampliará con nuevas experiencias lectoras, la de los textos escritos. Aunque siempre con el horizonte diáfano de que no hay fórmulas mágicas para lograr que los niños lean más; como dice Martín Garzo:

A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda.

La formación del lector literario debiera empezar en las primeras edades, en las que los mediadores seleccionarán las lecturas sin caer en la fácil tentación de elegirlas sólo por sus valores externos o por la información que nos transmiten algunos de sus paratextos (formato, cubierta, tipo de edición, editorial), sin tener en cuenta la historia que contienen y, sobre todo, la manera en que está contada esa historia: para que el camino recién iniciado en los nuevos lectores no se vea interrumpido es imprescindible que no les contemos historias aburridas, que no les impongamos las lecturas, que no frenemos sus motivaciones lectoras y que no les coartemos su capacidad para creer en cosas increíbles, para imaginar mundos maravillosos o para sentirse muy cerca de los más fantásticos personajes. Pero en ese camino es necesaria la buena convivencia de las lecturas escolares y de las lecturas voluntarias. La suma de las experiencias que se derivan de ambas lecturas ayudará a la formación del espíritu crítico del nuevo lector.