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Cómo analizar al propio personaje

De El simple arte de escribir, de Raymond Chandler: “Philip Marlowe tiene tanta conciencia social como un caballo. Tiene conciencia personal, que es muy diferente. A Marlowe le importa un bledo quién es presidente: a mí tampoco porque sé que será un político. Hubo uno incluso que me informó que yo podría escribir una buena novela proletaria; en mi mundo limitado no existe ese animal y, si lo hubiera, yo sería el último en apreciarlo, ya que soy por tradición y por estudio un completo snob. Marlowe y yo no despreciamos a las clases altas porque se bañan y tienen dinero; los despreciamos porque son farsantes”.

 

 

 

 

Madre hay una sola

Charles Baudelaire estuvo dominado por la intransigente personalidad de su madre. Al enviudar del anciano padre del poeta, había contraído matrimonio con un rígido oficial del ejército francés. Baudelaire sufrió innumerables complejos de castración (y de Edipo, desde luego) y al final solo se sentía realizado en compañía de mujeres esperpénticas, inválidas, jorobadas o perversas. Su más grande amor, la mulata Jeanne Duval, era una actriz de ínfima categoría de los bajos fondos de París, quien no solo le era infiel sino que lo trataba con despotismo.

 

 

 

 

¡Marche una de margarita con jamón...!

Simenon tardaba ocho días en escribir una novela, a razón de dos horas diarias, de 6.30 a 8.30, y solo empleaba tres días más para revisarla. Cuenta una anécdota que Alfred Hitchkock le llamó por teléfono y dijo: –Quisiera hablar con George Simenon. –Un momento… Lo siento, acaba de empezar una novela. –Bueno. Espero... Puede que sea tan exagerado como poco recomendable para el escritor que empieza. Pero lo que es cierto es que en toda su vida escribió cientos de títulos tanto de las aventuras de su famoso detective, como de otras novelas y en todas ellas siempre demostró un estilo exquisito.

 

 

 

Captura recomendada

Probablemente, el libro más buscado de la historia del ocultismo sea el Necronomicon, que no existe. Aparecía en los relatos de HP. Lovecraft y fue escrito por el árabe loco Abdul Alhazred. A pesar de esto, existen múltiples tarjetas de registro en bibliotecas de todo el mundo. Se dice que hay una en la Biblioteca Nacional de Madrid acreditando su existencia, aunque jamás se han encontrado ninguno de los volúmenes originales de dicha obra ni nadie ha podido afirmar fehacientemente la existencia del mismo dando paso de esta manera a innumerables teorías sobre el mismo.

 

 

 

Para fóbicos, el mejor

Juan Ramón Jiménez se lleva el primer premio. Se afirma que, cuando elegía una pensión donde hospedarse, antes se aseguraba de que estuviese lo más cerca posible de un hospital. Clavaba las puertas a sus marcos para evitar que la muerte se colara en su habitación con el consiguiente disgusto para sus amigos que debían rescatarlo. Tampoco conducía coches; decía que si atropellaba a un perro no tendría más remedio que suicidarse; afirmaba que su ojo estaba dotado con zoom y por ese motivo los papeles tirados en el suelo se le venían a la cara. Su claustrofobia provocó que sus conferencias las celebrara lejos del estrado, de pie, junto a la puerta del aula o del salón, para retirarse velozmente si un ataque de angustia lo invadía.