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 Ava sufre un impacto

 

Por primera vez, Ava contó solamente lo que vio. De lo que sintió no dijo nada.

Mientras murmuraba: “mi vida es siempre igual”, con las uñas recién esmaltadas había encendido el televisor. Se acercó a la pantalla y comparó sus manos con las de la presentadora a la que su marido alababa, pese a las pecas típicas de los judíos, como remarcaba él. En realidad, dijo Ava tiempo después, tampoco le había hablado a nadie de la ojeriza de él hacia los moros y los judíos, y que ella recibía con un inexplicable desasosiego.

Como cada segundo jueves del mes en cinco de los seis años que llevaban casados, su marido estaba por llegar de viaje. Los jueves restantes cenaban con otras parejas vinculadas a la actividad de él, cenas en las que Ava aprendió a reconocer el estado de ánimo de un cónyuge con respecto al otro escuchando el tono de voz, más punzante o menos, enfático o resignado, con que corroboraban o rebatían las mutuas opiniones, lo cual la llevó a hablar poco y a diferenciarse de las otras mujeres al no completar a favor ni en contra las frases de su marido. Los fines de semana iban al club, donde él jugaba tenis y ella se preguntaba –sin encontrar respuestas y tumbada bajo el sol– si alguna vez lograría sentir cosas como las que imaginaba, y si las sentiría de la cintura hacia arriba o de la cintura hacia abajo. Según su amiga Gladys, las mujeres tenían la obligación de experimentar con todo el cuerpo, ella se examinaba entera en el espejo con la secreta esperanza de encontrar una fórmula. Usaba el olfato para descubrir el camino, aspiraba hondo el perfume de las cremas que elegía, se preparaba con la mejor disposición cuando su marido se le acercaba en la cama; en una ocasión le asaltó el deseo de decírselo, pero sintió vergüenza. Por hábito y sin demasiada convicción, ocupaba horas en un instituto de gimnasia, con mujeres de su edad que a Ava le resultaban idénticas, de músculos duros y brillantes, bajo el mismo olor a aceite especial. Estudiaba idiomas por si viajaban al extranjero. Tumbada en el sofá, repetía los ejercicios que pronto interrumpía atrapada por alguna revista, el cabello abundante de una modelo o la tela de la camisa, se concentraba en las explicaciones de las fotos, camisa de algodón de Max & Co., labios satinados con pintalabios Rouge Miroir nº 706 de Givenchi, observaba el gesto de los labios con atención, lo imitaba, pasaba a la página de la derecha, a las piernas y el modo de pararse separando las rodillas ligeramente, los pies paralelos, zapatos negros con cierre en los tobillos, de Prada, daba vuelta la página, adivinaba con pesar que la modelo tenía una expresión triste, a pesar de mostrar un gesto desenfadado acorde con el chaleco de Diesel y los vaqueros de Replay, deseaba que las fotos no acabaran nunca, y volvía a los libros de ejercicios hasta que encendía la televisión.

Se dirigió hacia el baño principal meciéndose como una modelo y dándole vueltas a una frase de Gladys: “vivir no es cruzarse de brazos”. Echó una mirada sin mirar a través del ventanal que daba a una de las calles más caras de la ciudad, y atravesó el salón rápidamente porque le producían extrañeza los muebles y los cuadros, elegidos y dispuestos por su marido. Dijo después que sintió repugnancia al tirar la colilla del cigarrillo al váter, copiando, sin proponérselo, un hábito de él. Agregó (admitiendo que podía ser una fantasía posterior a ese instante) que la traspasó un ansia de acercar la colilla encendida a

las cortinas, de incendiar el salón.

Se lavó las manos, examinó el óvalo de su cara, se roció las mejillas y la frente con un algodón empapado en tónico, desempaquetó una crema humectante, leyó el prospecto y se la extendió alrededor de los ojos con golpecitos leves, llenando el tiempo hasta que el marido llegara, aunque sin ningún deseo particular de que llegara –otro hábito, tal vez– encerrada entre los límites de un espacio ajeno, aunque propio: su espacio propio le resultaba ajeno, dijo después, los estantes de  cristal italiano que atestaba con frascos de cremas diurnas y nocturnas; incluido el espejo que la retenía en ese momento. Más ajeno por la noche, en que subía el volumen de la televisión para alejar el temor al silencio y no acabar refugiándose en casa de su madre.

Se recogió el pelo con una cinta de lana, separó ligeramente las rodillas, puso los pies paralelos, se miró en el cristal de la puerta. Intentó elaborar una lista mental de aquellas personas que le gustaría que la vieran como ella se estaba viendo y no como se mostraba habitualmente, pero la lista quedó en blanco; a continuación, intentó hacer la lista de lo que le gustaría experimentar, pero su mente se quedaba en blanco.

Empujó la puerta de la cocina, se sirvió un zumo, cortó unas rodajas de pepino, les echó unas gotas de limón y con un trozo de queso rellenó un bocadillo; los acomodó en una bandeja y volvió al dormitorio. Apoyó la bandeja en una mesa baja. Se reclinó contra unos cuantos cojines apilados sobre la almohada.

Se dispuso a comer frente a la presentadora que finalizaba las noticias informando sobre un verano anticipado en todo el país. La imagen mostraba las playas anormalmente concurridas para la época. Iba a cambiar de canal cuando la cámara enfocó una sombrilla: bajo la sombrilla, una pareja, el hombre apareció en primer plano y, aunque la cámara pasó fugaz, Ava reconoció a su marido.

Se llevó una uña esmaltada a la boca, se mordió el dedo hasta lastimarse. Pegó un salto.

Ava Lacalle había sido una jovencita amarilla de tanto teñirse el pelo porque su madre soñaba con Marilyn Monroe; aunque le puso de nombre Ava por Ava Gardner. La perseguía diciéndole que debía moverse con más gracia, juntar más las rodillas, cepillarse el pelo todas las noches, no echarse de ese modo en el sofá.

Cuando conoció a su marido se convirtió en pelirroja para acceder a sus deseos.

Raspó la uña con los dientes, escupió el esmalte, se lamió el dedo. Oprimió el paquete de cigarrillos sin parar de fumar. Esperó a que la presentadora, a quien reconocía ahora como a un pariente, le proporcionara alguna pista, el nombre de la playa, la hora, como si los datos conocidos pudieran atenuar el impacto.

Pasó canal tras canal, loca por saber cómo era la mujer que compartía la sombrilla con su marido. Dijo después que –pese a su alteración– enseguida se había dado cuenta de que eso era lo que más le importaba.

Buscó en vano.

Sin quitarse el esmalte de las uñas restantes, Ava corrió a casa de Gladys. El televisor quedó encendido y la bandeja intacta.

 

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