Benedetti

 

Leopoldo María Panero

 

Jaime Sabines

 

 

 

 

 

 

  

A publicar llega el que no se desanima y

 contacta al fin con su verdad

 

 

 Así lo ha vivido Gabriel García Márquez. Presta atención. Saber cómo lo ha hecho es un aliciente para cualquier principiante o para el que lo ha intentado una y otra vez sin resultados, tal vez porque se ha apresurado, tal vez porque no ha profundizado en su propia voz o en los mimbres de los maestros.

 

Todavía no había conseguido trascender: Tenía 32 años, había hecho en Colombia una carrera periodística efímera fulminante, acababa de pasar tres años muy útiles y duros en París, y ocho meses en Nueva York, y quería hacer guiones de cine en México El mundo de los escritores mexicanos de aquella época era similar al de Colombia, y me encontraba muy bien entre ellos Seis años antes había publicado mi primera novela, La Hojarasca, y tenía tres libros inéditos: El coronel no tiene quien le escriba, que apareció por esa época en Colombia; La Mala Hora, que fue publicada por la editorial Era poco tiempo después a instancias de Vicente Rojo, y la colección de cuentos de Los Funerales de la Mamá Grande Sólo que de este último no tenía sino los borradores incompletos, porque Álvaro Mutis le había prestado los originales a nuestra adorada Elena Poniatowska, antes de mi venida a México, y ella los había perdido Más tarde logré reconstruir todos los cuentos, y Sergio Galindo los publicó en la Universidad Veracruzana a instancias de Álvaro Mutis. De modo que era ya un escritor con cinco libros clandestinos Pero mi problema no era ese, pues ni entonces ni nunca había escrito para ser famoso sino para que mis amigos me quisieran más, y eso creía haberlo conseguido Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida, y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar.

 

Cuando apenas le alcanzaba lo que cobraba para vivir: Yo vivía en un apartamento sin ascensor de la calle Renán, en la colonia Anzures, con Mercedes y Rodrigo, que entonces tenía menos de dos años Teníamos un colchón doble en el suelo del dormitorio grande, una cuna en el otro cuarto, y una mesa de comer y escribir en el salón, con dos sillas únicas que servían para todo Habíamos decidido quedarnos en esta ciudad que todavía conservaba un tamaño humano, con un aire diáfano y flores de colores delirantes en las avenidas, pero las autoridades de inmigración no parecían compartir nuestra dicha La mitad de la vida se nos iba haciendo colas inmóviles, a veces bajo la lluvia, con los patios de penitencia de la Secretaría de Gobernación En las horas que me sobraban escribía notas sobre la literatura colombiana que transmitía de viva voz por la Radio Universidad, dirigida entonces por Max Aub Eran unas notas tan sinceras, que el embajador de Colombia llamó un día por teléfono a la emisora para sentar una protesta formal Según él, las mías no eran notas sobre la literatura colombiana, sino contra la literatura colombiana Max Aub me llamó a su despacho, y yo pensé que aquel era el final del único medio de supervivencia que había logrado conseguir en seis meses, pero ocurrió lo contrario-


El secreto está en ser auténtico: “No he tenido tiempo de oír el programa –me dijo Max Aub– pero si es como dice tu embajador, debe ser muy bueno”.

 

Su primer contacto con Rulfo y profundizar en el autor que te conmueve: El descubrimiento de Juan Rulfo como el de Franz Kafka será sin duda un capítulo esencial de mis memorias. Yo había llegado a México el mismo día en que Ernest Hemingway se dio el tiro de muerte, el 2 de julio de 1961, y no había leído los libros de Juan Rulfo.

Conocía bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el camino, y sin embargo me sentía girando en círculos concéntricos. No me consideraba agotado. Al contrario: sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un mundo convincente y poético de escribir. En esas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! EraPedro Páramo”.

 

La conmoción de esa lectura: Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leía la “Metamorfosis” de Kafka, en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá casi diez años atrás había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí “El Llano en Llamas”, y el asombro permaneció intacto. Mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con otra obra maestra desbalagada: “La herencia de Matilde Arcángel”.  El resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores.

No había acabado de escapar al deslumbramiento, cuando alguien le dijo a Carlos Velo que yo era capaz de recitar de memoria párrafos completos de “Pedro Páramo”. La verdad iba más lejos: podía recitar el libro completo, al derecho y al revés, sin una falla apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje que no conociera a fondo.