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“Bien leídos, hasta los libros más mediocres

o inútiles o abyectos pueden derivar en cosas fantásticas”

Alan Pauls

 

El autor de El pasado acaba de publicar Trance (Ampersand), un recorrido en forma de glosario por escenas de lectura de su vida, donde se encuentran las raíces de su vocación de escritor. "Lo genial de la lectura es que impone una especie de presente absoluto donde todos los escritores de todos los tiempos (...) son de algún modo contemporáneos". Por Luciano Lamberti.

 

 

Alan Pauls nació en Buenos Aires, en 1959. Es escritor, guionista, crítico literario y ensayista. El pasado, su cuarta novela, obtuvo el premio Herralde en el 2003, y fue llevada al cine por Héctor Babenco. Publicó las novelas El pudor del pornógrafoWasabi, y El coloquio, así como la trilogía compuesta por Historia del llantoHistoria del peloHistoria del dinero. Entre sus ensayos se destaca El factor Borges, uno de los libros fundamentales para entender su obra.

Conversamos vía email (Pauls está de viaje) a partir de su último libro, Trance (Ampersand), un recorrido en forma de glosario por escenas de lectura de su vida, en el que indaga en la lectura como “fuerza, energía, potencia”, y busca las formas en la que eso terminó determinando su vocación de escritor. Desde una escena germinal, en la que el pequeño Pauls finge leer un libro en la vereda de su casa, hasta el padrinazgo de Panesi o Fogwill o el descubrimiento de Barthes, Trance es un libro, para su tema, sorprendentemente ameno.

¿Internet y los celulares están cambiando la forma de leer?

Seguro. Leer tiende a ser intercalar, matar el tiempo muerto, colmar la laguna que separa dos actividades, dos lugares, dos tiempos que se supone que son los “importantes”. Leer es lo que conjura el horror, el tedio, la impaciencia de la espera. Yo mismo, lector de celular, me sorprendo en el subte, la cola del banco o la sala de espera del oftalmólogo babeándome con “materiales” (portales de noticias, chismes, blogs amarillentos, red carpets, retuiteos, etc.) que puestos sobre papel no me moverían un pelo. Soy un carroñero más.

¿Tu pretensión era escribir una biografía de tu vida como lector?

Sí, pero es una “vida” que, más que contarse en términos cronológicos, se dispersa en núcleos, situaciones, escenas, ideas, motivos que —cada uno a su modo— ponen en juego una imaginación, una memoria, una manera de pensar y vivir que están en deuda radical con la lectura. 

¿Hay algo en la lectura del orden del mal, de lo prohibido?

No en mi caso —aunque todavía tiemblo cuando me acuerdo de mí saliendo del colegio (último año: 1976) y yendo a tomar el 130 a la esquina de Ramsay con Echeverría con la edición de Anteo del Manifiesto del partido comunista camuflada entre las páginas de El Gráfico. Toda lectura inapropiada (por razones de edad, moral, política, etc.) es importante, pero si leer es un goce es porque su dimensión secreta o íntima se exhibe a plena luz. Es una clandestinidad visible. 

¿Se lee con desconfianza a los contemporáneos, distinto de como se lee a los clásicos?

No veo mucha diferencia. Lo genial de la lectura es que impone una especie de presente absoluto donde todos los escritores de todos los tiempos (y también los no escritores, artistas, cineastas, etc.) son de algún modo contemporáneos y están en contacto, se rozan, mezclan, miden, discuten, negocian, etc.  

¿Qué libros cambiaron tu percepción del mundo, en el sentido ético de la palabra?

En busca del tiempo perdido. Hay un antes y un después de Proust. Como decía Kafka, es “el hacha que quiebra el mar congelado dentro de nosotros”.

¿Qué cambia en la forma de leer a medida que uno crece?

Lo mismo que cambia, en general, cuando llega ese momento desolador en que uno cree saber lo que quiere. Casteás sin piedad, te cuesta menos descartar, salteás párrafos que ya te parece haber leído. Pero el shock eléctrico de una buena frase es cien veces más potente que a los catorce.

¿Cuáles son tus hábitos de lectura? ¿Cuántas horas al día? ¿Un solo libro o muchos? ¿Leés por obligación?

Leo todo lo que puedo, un promedio de dos o tres horas por día. Aplico la economía amorosa de Sartre y Simone de Beauvoir, que siempre admiré: dos libros necesarios, digamos (uno de ficción, otro de no ficción), y un puñado de contingentes que suelen ir quedando en el camino, despechados.

¿Qué diferencia establecés en la práctica de la escritura entre un libro de ficción y uno de ensayo? 

Yo, ninguna. Pero ellos sí. Por alguna razón, la ficción me pone en el modo continuo, exhaustivo, del que quiere agotar aquello de lo que está escribiendo. El ensayo, en cambio, me da más aire; vive alegre y despreocupado en los agujeros, los cortocircuitos, las inconsistencias.

¿La lectura y la escritura parten siempre de una carencia? ¿Se trata de buscar una experiencia más allá de la vida?

Odio la palabra carencia. Odio su piedad y su tono humanitario, cuya falacia queda al desnudo cuando nos enteramos por la letra chica del contrato de que carencia es el servicio que te correspondería pero la prepaga no te da. Leer y escribir son fuerzas, son potencias que hacen más potente, intenso, sutil, complejo y múltiple el mundo en el que vivimos, cualquiera sea, o al menos las dos o tres horas de mundo que tenemos por delante.

¿Tenés un anticannon? ¿Libros que no hay que leer?

No. Mi fe en la lectura es tan fundamentalista que creo que, bien leídos, hasta los libros más mediocres o inútiles o abyectos pueden derivar en cosas fantásticas.

A la hora de escribir un libro de ficción, ¿buscás libros que, por su tono, por su capacidad de contagio, por el parecido entre los proyectos, te sirvan de apoyo?

A veces, pero sólo al principio, cuando, como en un baile, el cuerpo está un poco entumecido y necesita plegarse a otro —mirándolo, admirándolo— para salir a la pista a hacer lo suyo.