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Acerca de la angustia de escribir 

 

            
            De esta forma nos advierte Joseph Conrad:

            A ningún artista podrá reprochársele que se encoja ante un riesgo que solamente los imbéciles corren a afrontar y que solamente los genios abordan con impunidad.  En un empeño que principalmente estriba en despojar la propia alma más o menos de toda vestimenta a ojos del mundo entero, un cierto respeto por la decencia, aun cuando implique el costo del éxito, no es más que el respeto por la propia dignidad, inseparablemente unida a la dignidad de la propia obra.


            No menos se «peleó» James Joyce con su Ulises. Durante los años que necesitó para terminarlo sus dificultades económicas llegaron a ser dramáticas.  El libro, además, le exigió hasta su última gota de energía.

            Sigue ahora un ejemplo de lo vacío que estoy.  Hace varios años que no he leído una obra literaria.  Mi cabeza está llena de piedras y porquerías y cerillas rotas y montones de cristales recogidos por «todas partes».  La tarea que me impongo al escribir un libro desde dieciocho puntos de vista diferentes y con otros tantos estilos aparentemente desconocidos o sin descubrir todavía por mis colegas; eso y la naturaleza de la leyenda elegida, bastaría para desequilibrar la mente de cualquiera.


            Steinbeck nos habla dc, lo absurda que parece, mirada fríamente, la actividad literaria.

            En el mejor de los casos la literatura es una actividad tonta.  Hay cierto ridículo en escribir un cuadro de la vida.  Y alimentando la broma: uno tiene que retirarse de la vida durante un tiempo para escribir ese cuadro.  Y tercero, uno debe distorsionar su propia manera de vivir a fin de despertar en sí, de alguna manera, lo normal de otras vidas.  Una vez recorrido todo este absurdo, lo que emerge de él quizá sólo sea el más pálido de los reflejos. ¡Es una cuestión jodida!  La montaña trabaja, puja, se esfuerza, y surge el más pequeño de los roedores.  Y la mayor estupidez de todas reside en el hecho de hacer todo eso; el escritor debe creer que lo que está haciendo es la cosa más importante del mundo.  Y debe mantener esa ilusión aunque sepa que no es verdadera.  Si no lo hace no tiene ni siquiera el valor que de otra forma podría haber tenido.  


            Después de escribir sus novelas más famosas, Dashiell Hammett se sintió incapaz de volver a escribir algo bueno.  Durante muchos años luchó entre sus ganas de escribir y la angustia que le provocaba ponerse frente al folio en blanco y sentir que había perdido su talento.  La lucha solía terminar en borrachera. Este fragmento está sacado de una carta que dirigió a su hija, Jane Mary Hammett:

            Tengo un montón de problemas con el libro, pero son del tipo de problemas que supongo que tengo que padecer -lo que quiero decir con esto es que me está costando un gran esfuerzo hacerlo todo lo bien que desearía y del modo que yo quiero-, así que pienso que no hay nada que hacer, salvo seguir poniendo mala cara, maldecir, escribir y suprimir, y volver a escribir, y no suprimir, y pensar que tengo que trabajar más duro, y buscar enfurruñadas razones para no trabajar, y pensar que va a resultar mejor de lo que va a ser, y pensar por un instante que mañana o cualquier otro día estaré mejor, y al instante siguiente darse cuenta de que tenía que haberío escrito hace diez años, cuando tenía más material... estupendas, tontas y agudas tonterías mías, que me figuro ayudan a pasar el rato mientras la novela se va haciendo -un poco mejor o peor de lo que debería ser- en alguna medida, en algún momento.